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    1/28/2007

    La cuesta de enero

    Tenía el espacio bastante abandonado, pues con los exámenes ya os podéis imaginar que no he tenido precisamente mucho tiempo para ponerme a escribir otra cosa que no fuera vocabulario, kanji... Ahora que todo eso ha pasado prometo volver a mi ritmo de antes, siempre y cuando haya cosas que contar.
     
    Precisamente mi vida últimamente no es que se haya caracterizado por sucesos importantes, pues desde que acabé los exámenes llevo una vida bastante austera con el fin de ahorrar algo para costearme por mí misma; es decir, sin tener que sablar a mis padres, un viaje a Kioto con mis amigos, que, si todo va bien, será a principios de abril. No obstante, como una no puede parar con el culo quieto en casa, más que nada porque la vida en Takao es algo aburrida, he comenzado a buscar algo de trabajo por horas, lo que aquí se conoce como baito, para poder financiarme mis caprichos (principalmente el viaje del que os acabo de hablar). Ahora que tengo tiempo quiero marcarme una rutina que no me tenga todo el día en casa. Es ésta, pues, otra de las razones para buscar curro. Ya os contaré en qué queda la cosa. De momento tengo que pedir permiso a la Universidad, para lo cual necesito unos papeles que me darán el martes de la semana que viene. También tengo que ir a no sé qué movida de Inmigración. La verdad es que no estoy muy enterada de cómo funciona la cosa, pero si os puedo decir que nada tiene que ver con lo que se hace por España, ya que aquí los estudiantes universitarios no pueden trabajar más de un número limitado de horas a la semana. Vamos, que lo tienen todo muy controladito.
     
    Básicamente me paso los días en la residencia, salvando alguna que otra salida con María para despejar, ver alguna peli en la biblioteca (no te las dejan sacar fuera) y ayudar a Kidd con su español, que ha empezado a estudiar por su cuenta antes de que comience el nuevo curso en abril. Precisamente con Kidd pasé unos cuantos días después de los exámenes, del jueves 18 hasta el domingo 21 concretamente, tiempo en el que me alojé en su casa en Shinjuku, salimos por ahí, vimos pelis... Vamos, que pude escaparme de la horrible rutina en la que había caído mi vida en Takao: de casa a la biblioteca y de la biblioteca a casa durante un par de semanas, la segunda de las cuales se desarrolló entre el trajín de los exámenes (los madrugones para repasar, las dudas de última hora, los nervios...). También me ha tocado contestar a un sinfín de correos que tenía pendientes, colgar alguna que otra foto y crear mi propia página en YouTube desde la cual poder enseñaros algunos de los vídeos que hemos ido haciendo en estos cuatro meses que llevo por aquí; sí, cuatro meses ya, ¡quién lo diría! Si os interesa echarle un vistazo, ésta es la dirección: http://www.youtube.com/profile?user=MemoirsofButterflies
     
    Ah, por cierto, ya se me olvidaba contaros algo interesante: el martes día 23 tuve la cena de fin de curso del Seminario de Español del profesor Uritani, una clase a la que voy todas las semanas para echar un cable a los estudiantes de cuarto. Fuimos a un restaurante en Roppongi, una de las zonas más fiesteras de Tokio, frecuentada por muchísimos extranjeros. Como curiosidad, contaros que en ese mismo sitio estuvieron Koizumi y Bush en una de sus visitas. La comida excelente, y el ambiente más que animado. Después continuamos la fiesta en un izakaya, Watami, que está por todas partes (debe ser una especie de cadena). Al final acabamos en el Hubs, un pub tipo al Irish Rover de Salamanca y que también forma parte de algún tipo de franquicia. El caso es que a mí la hora de irme ya se me había pasado hacía tiempo, más que nada porque Takao está en el quinto pino de Tokio. Por suerte ahí estaba Yukari-chan como siempre para ofrecerme su casa. Nos fuimos mucho antes que el resto, pero al menos pude quedarme un poco más y disfrutar de la noche nipona, que falta me hacía.
     
    Al día siguiente comimos algo en su ciudad, Sagamihara, y yo volví a mi rutina de Takao, no sin antes llevarme unas latas de fruta cortesía de la señora Yazawa, la mamá de Yukari, que me trata como a una reina cada vez que voy a su casa y no deja de invitarme a que vuelva una y otra vez.
     
    Siento que este mensaje sea tan soso, pero es un calentamiento más que necesario después de una larga ausencia. Pronto volveré con nuevas aventuras. Ahora sólo queda esperar a que el mundo de Karla vuelva a girar en diferente dirección. Hasta entonces seguiré con mi monótona vida en Takao a la espera de nuevos acontecimientos.
    1/8/2007

    Navidades 100% niponas: colocaciones, rebajas y... ¡Se acabó lo que se daba!

    Después de pasarme las vacaciones de Navidad sin dar palo al agua y de un lado para otro iba siendo hora de ponerse en plan, que los exámenes están a la vuelta de la esquina (empiezo el 15). Además, tengo un par de trabajos que entregar la semana anterior, aunque por suerte, más bien por precaución, que sabía que en vacaciones no iba a hacer nada, uno de ellos lo dejé listo antes de Navidades. Me quedé durante dos días encerrada en casa dedicada prácticamente en exclusividad al dichosito trabajo de colocaciones y locuciones japonesas: 500 ejemplos con su traducción al español... ¡Casi nada! Y todo para no conseguir acabarlo en ese tiempo.
     
    Con los nervios a flor de piel y unas ganas tremendas de salir a tomar el aire madrugué el viernes día 5 para ponerme de nuevo con el trabajo hasta mediodía que tenía previsto salir a comer con Kidd y María. Ellos tenían un examen a las 9 de la mañana y no sabían a qué hora terminaría, así que me daba tiempo de adelantar algo. Para mi sorpresa, a eso de las 10 de la mañana, recibo una llamada de Kidd para contarme que María se había confundido al mirar la fecha del examen, que no era ese día, sino la semana siguiente... Pobrecillos, madrugar tanto para nada. Al enterarme lo único que pude hacer es reírme, seré mala(que conste que ellos también se lo tomaron a risa). El caso es que se venían a la resi antes de lo previsto. Como Kidd no vive aquí y las visitas no pueden entrar en las habitaciones, me bajé a una de las zonas comunes con todos los bártulos (ordenador, diccionario...) para adelantar un poco de curro en lo que María realizaba sus tareas domésticas en la habitación. Además, así Kidd no se quedaba solo esperándonos y yo podía aprovechar para preguntarle alguna que otra duda (con eso de que es chino el kanji lo lleva de perlas).
     
    A eso de la una, María terminó sus quehaceres del hogar y yo estaba hasta las narices del trabajito, y eso que todavía me quedaba una parte considerable para por la tarde. Nos fuimos caminando hasta la estación y decidimos coger un tren para Tachikawa, por cambiar un poquito de aires. Al llegar no había persona que encontrara un sitio para comer, pues todos los que nos interesaban estaban hasta arriba, así que al final nos metimos en un Kentucky Fried Chicken cercano a la estación. Otro tanto de lo mismo sucedió a la hora del café, ya que todos los Starbucks en los que buscamos sitio estaban llenos. Total, que acabamos en un Excelsior Caffé, que por lo que me han contado viene a ser la versión cutre del Starbucks.
     
    Ya a las 4 de la tarde se acababa mi tiempo de libertad, y es que Kidd tenía que volver a Shinjuku para ir a trabajar, y María a su casa a pasar unos días más con sus padres. Me volví solita y desamparada a la cruda realidad de la resi, a volver a encerrarme en mi habitación con ese dichoso trabajo, no sin antes pasar por la 100 yen Shop de Takao y realizar unas comprillas. Cuando por fin lo acabé no podía ni creérmelo. Para celebrar "el alumbramiento", que viene siendo ir a imprimir el trabajo a la biblioteca el sábado por la mañana, me fui ese mismo día con Kidd a las rebajas, a ver si encontraba algún trapillo que me sentara bien y no costara mucho (necesitaba apagar mi sed consumista de forma racional, por supuesto).
     
    Habíamos quedado en vernos a eso de las 12 y media en Shinjuku, pero la intensa lluvia había hecho que me retrasara un poco y llegué a la 1 más o menos. Nada más encontranos pusimos rumbo hacia un kaitensushi, que por la mañana no me había dado tiempo de desayunar y tenía el estómago súper vacío. Después de comer nos fuimos a comprar la funda para mi iPod, que el pobrecillo andaba desprotegido y no quería que se pudiera estropear al meterlo en el bolso. En un principio tenía pensado comprar una funda rosa (yo y el rosa, en fin), pero en cuanto vi una carátula con mariposas cambié rápidamente de opinión: compré una funda transparente desde la que se pudiera ver perfectamente la imagen... ¡Ahora sí que es el iPod de Karla!
     
    Nuestra siguiente parada era Harajuku, una zona de tiendas bastante popular entre los extranjeros. Nos pasamos un buen rato mirando trapitos por allí y yo a punto estuve de perder los nervios y lanzarme al horroso vacío de la desesperación tras comprobar una y otra vez que todas las minifaldas y pantalones cortos que me gustaban eran tan sumamente pequeños que no cabría ni prima de Henar, que tiene 5 años. Al menos me compré unos zapatos por 6 euros, que no está nada mal. Tras el fracaso de Harajuku decidimos volver a Shinjuku y cambiar de las tiendas pequeñitas a los centros comerciales, pues Kidd andaba en busca de un abrigo para enfrentarse al duro invierno. El pobre también tuvo problemas para encontrar talla, ya que es bastante alto y todos los que se probaba le quedaban pequeños. Eso sí, al final, entre los dos, encontramos uno perfecto. Casualmente yo encontré uno parecido, pero en versión de chica, y no pude resistir la tentación de comprármelo. También me vine para casa con unos polos de manga larga y cuello subido de 6 euros, pero esos ya entraban dentro de mis planes, con independencia de las rebajas.
     
    Tras una dura jornada de tiendeo pusimos el broche de oro a tan estupendo día (encima había parado de llover) cenando en un yakiniku. Tan bien lo estábamos pasando que al mirar el reloj nos dimos cuenta de que era un poquito tarde para mí, así que nos fuimos pitando a la estación a buscar un tren para Takao... ¡Casi me quedo a dormir en la calle por segunda vez! Y es que la combinación de trenes que utilizo normalmente no estaba disponible, así que tuve que usar otros. No sé qué arte me di que no me enteré muy bien de dónde tenía que cambiar de tren y me confundí, así que cuando quise llegar a Takao eran las 12 menos cuarto, por lo que me fui corriendo como alma que lleva el diablo hasta la parada de taxis. De nuevo dejé mi bici abandonada hasta el día siguiente. El taxi me dejó a la puerta del Campus a eso de las 12 menos 10 pasadas, así que eché una buena carrera hasta la resi.
     
    ¡Tantas aventuras y tantas experiencias he vivido estas Navidades! Pero se acabó lo bueno Karlita. Mañana abre la biblioteca y hay que irse todos los días a estudiar, que está visto que en casa estos días no haces mucho, más que nada porque no paras por allí...

    Navidades 100% niponas: Nochevieja y Año Nuevo

    Después de estar encerrada en casa durante el 29 y el 30 sin apenas hacer nada mis pilas estaban completamente recargadas para vivir a tope una Nochevieja y un Año Nuevo rodeada de una cultura y unas costumbres que nunca antes en mi vida había tenido la oportunidad de tener tan cerca. Mis cinco sentidos estaban más que preparados para absorber cual esponja todo lo que se pusiera a tiro... Y mi cámara para inmortalizarlo.
     
    Hasta la hora de comer me dediqué a limpiar mi habitación un poquito como de costumbre, pero esta vez recordando el hábito nipón de limpiar a fondo con motivo de la llegada de un año nuevo. A las 6 de la tarde Risou, Sara y servidora teníamos que estar en Shinjuku para encontrarnos con Kidd, ya que el resto de la gente que iba a venir, Kyouhei y Yuuki básicamente, tenía que trabajar hasta las 9 ó 10 de la noche. Nosotros habíamos decidido vernos antes e irnos por ahí para hacer tiempo hasta la hora de reunirnos con ellos en Asakusa, lugar que habíamos elegido para pasar el Fin de Año.
     
    Al llegar a Shinjuku dimos una vueltecilla y echamos un vistazo a alguna tienda en lo que encontrábamos sitio donde comer algo, misión bastante difícil al tratarse de Nochevieja, ya que prácticamente todos los locales estaban a reventar. Por suerte dimos con un restaurante de cocina asiática bastante grande en el que había mesas de sobra, así que allí nos metimos un buen ratillo. Una o dos horas después decidimos poner rumbo hacia Asakusa y empaparnos del verdadero ambiente de Nochevieja, pues en Asakusa está uno de los templos más populares, bastante frecuentado por turistas, así que hay muchísimas tiendas y tenderetes con productos típicos: justo lo que necesitábamos para no aburrirnos en lo que esperábamos al resto.
     
    A medida que se iban acercando las 12 de la noche la cola de personas que esperaban para realizar sus oraciones en el templo creía y creía de una forma sorprendente. Nosotros decidimos esperar hasta la mañana siguiente, pues verdaderamente es cuando se va al templo con motivo del Año Nuevo. A eso de las 11 llegaron por fin Kyouhei y Yuuki, que los pobrecillos se habían retrasado más de lo previsto. A esas horas decidimos que lo mejor era huir un poco del bullicio de la zona del templo y meternos en algún bar a tomar algo tranquilamente, sobre todo por ellos, que no habían cenado y venían muertos de hambre. Después de entrar en varios locales y fracasar en la búsqueda de mesa (estaban hasta la bandera) encontramos un izakaya bastante majo en el que sentarnos tranquilamente y esperar a que dieran las 12 para brindir todos juntos. Además nos toco en una zona típicamente japonesa, asi que nos quitamos los zapatos y nos sentamos como si estuviéramos en nuestra casa.
     
    Entre risas, buena conversación y una compañía estupenda nos dieron las 12 y un Año Nuevo acababa de comenzar. Yo tenía a mis padres al teléfono, pues quería felicitarles el 2007 unas cuantas horas antes de que ellos lo vieran en España. De hecho, justo cuando estaba hablando con ellos brindé con mis amigos, así que hasta oyeron la felicitación en japonés, jejejej. Por supuesto hicimos la primera foto del año, ¡faltaba más! Por aquellos entonces Song nos había llamado por teléfono para decirnos que salía de trabajar y quería unirse a nosotros, así que decidimos quedarnos esperándole en el mismo sitio hasta que nos volviera a llamar para avisarnos de que había llegado a Asakusa.
     
    A eso de las 2 de la madrugada por fin llegó la llamada esperada, y es que el pobrecito Song había tenido la mala suerte de que un incendio produjera retrasos en la línea que debía coger para reunirse con nosotros. Con él se habían venido también una amiga china y Shin-chan. Ya por fin todos reunidos decidimos buscar otro bar en el que tomar algo y divertirnos todos juntos hasta por la mañana.
     
    Las horas fueron pasando y Japón se iba despertando tras una noche muy larga. Vimos un precioso amanecer de la que salíamos del bar en el que habíamos pasado las últimas horas. Eran más o menos la 7 de la mañana y tocaba ir al templo a realizar las oraciones de Año Nuevo. Asakusa seguía estando lleno de gente, incluso había algunas tiendas abiertas, aunque el ambiente era bastante diferente: casi todas las personas que estaban en la zona del templo eran japonesas, de todas las edades y estilos, muchos de ellos con sus familias. La verdad es que es muy complicado describir cómo era el ambiente que se respiraba allí, pero sólo con mirar alrededor y ver cómo un lugar tan tradicional encaja perfectamente en un país tan moderno uno se puede hacer una idea de lo afortunado que es el que tiene la oportunidad de contemplarlo, y más de vivirlo en fechas tan importantes.
     
    A las 8 de la mañana, justo antes de meterme en la estación para coger el tren, recibí la llamada de mi familia, pues en España acababan de dar las Campanadas y todos estaban juntos en casa de una de mis tías brindando después de las Uvas. Me hizo mucha ilusión poder compartir ese momento con ellos, aunque me puse un poco triste, pero sólo un poquito. En lo que yo hablaba por teléfono nuestro grupo estaba a punto de dividirse, ya que Kyouhei y Yuuki tenían que trabajar de nuevo ese día por la tarde, así que habían decidido volverse a casa antes. El resto nos íbamos hasta Akiha, zona de Tokio famosa por estar llena de tiendas tipo Media Markt. Precisamente el día de Año Nuevo comienzan allí las rebajas, así que uno de mis amigos quería ir a echar un vistazo y comprarse algunos videojuegos. Yo no tenía especial interés en ir, lo único por mirar los precios de los reproductores mp3 (mi planeado autoregalo de Reyes), pero tampoco tenía ganas de volver a casa solita, así que me apunté al carro. Al final fue una experiencia interesante y todo, pues nunca antes he estado a las puertas de una tienda esperando a que abriera, y menos rodeada de gente, ahí en mogollón, empujándose y perdiendo el control simplemente por entrar; vamos, ambiente rebajas 100%. Yo, muy prudente y sin gana alguna de resultar aplastada o agredida por algún freaky nipón deseoso de comprar las últimas novedades tecnológicas (había de cada personaje en la cola de la tienda en la que entre yo, y en las de las otras ya ni os cuento...), me lo tomé con la mayor tranquilidad del mundo y entré cuando vi que no había peligro. Después de mirar y requetemirar los mp3, de no convencerme ninguno y de dudar si comprarme el nuevo iPod nano, que estaba a muy buen precio comparado con los de España, acabé cediendo a mis tentaciones y adquirí el maravilloso producto que tantas horas de diversión tenía pensado que me diera: por fin se acabarían los aburridos viajes en tren mirando a las musarañas.
     
    A esas horas hacía un frío horrible y todos teníamos ganas de meter algo caliente en el estómago, así que nos fuimos a un Mc Donald's de la zona, uno del que no nos echaran, jejejeje. Sentadita con mi hamburguesa, mis patatas y mi refresco ante mí, más contenta que nadie en este mundo pero súper cansada, decidí llamar a mi novio para felicitarle el año, y de paso controlar cómo se lo estaba pasando (ESTO ES UNA BROMA). Además tuve la suerte de poder hablar un poquito con mi amiga Ana; bueno, ya veremos cómo viene la factura del móvil de diciembre... Ya eran las 12 de la mañana y todo el mundo tenía ganas de irse a casa, pero Kidd y yo, aunque estábamos cansados, habíamos decidido aguantar como unos campeones e irnos por ahí a divertirnos. Nos despedimos del resto y cogimos un tren hasta Shinjuku, donde acabamos metidos en el cine viendo Eragon. La verdad es que me gustó mucho. Era la primera vez que iba a un cine en Japón, así que fue toda una experiencia ver la peli en inglés e intentar, para practicar un poco, seguirla también por los subtítulos en japonés. No lo hice tan mal después de todo, jejejeje.
     
    Después del cine nos dedicamos a dar paseos, ojear tiendas, tomar algún que otro café y no parar de dar bostezos. Aquí enseguida se hace de noche y a mí me iba tocando volver a Takao, pero ni pizca de ganas que tenía. Suerte que Kidd me ofreció quedarme en su casa para que no tuviera que chuparme el tren con el cansancio, no fuera a ser que me pasara algo. Al día siguiente comimos unos sándwiches en lo que esperábamos el tren, que se vino a Takao conmigo para ayudarme a instalar el software del iPod en el ordenador. Así aproveché y le enseñé todas las fotos que habíamos sacado el día 23 de fiesta por Shibuya... ¡Menudas risas viéndolas!
     
    1/7/2007

    Navidades 100% niponas: disfrutando como enanos en el Parque de atracciones Seibun Yuenchi

    Una vez más llegamos tarde. Yukari y yo tuvimos al pobre Ryu esperándonos como una hora a cuenta de que se nos pegaron un poquito las sábanas y, para colmo de males, nos confundimos con los trenes. Pero Ryu es muy bueno y nos supo perdonar, así que pudimos pasar un día estupendo los tres juntos hablando español como cotorras, que los dos tienen un nivel estupendo y yo últimamente hablo demasiado japonés como para permitirme un día de tregua. Kyouhei se iba a venir también, pero me mandó un mail  por la mañana para decirme que no se encontraba muy bien y que se iba a quedar en la cama cogiendo fuerzas para el 31.
     
    Empezamos el día subiéndonos a una montaña rusa con sus loopings y todo; Yukari casi nos mata por meterla en semejante trasto, jejejeje. Después de eso nos fuimos a atracciones un poco más tranquilitas, como las cadenas voladoras o el barco vikingo. También nos hicimos las típicas fotos japonesas de fotomatón que luego puedes decorar a tu gusto. Entre atracción y atracción nos sentábamos en cualquier lado para comer alguna cosilla, que todos habíamos venido cargados de víveres, sobre todo Ryu, que parecía nuestra mamá y se estaba comportando con nosotras como un verdadero anfitrión (se me ha olvidado mencionar que no pagamos entrada porque él tenía invitaciones). Sin embargo, lo que estaba siendo un día perfecto se torció un poco cuando nos subimos a una atracción estilo a los barriles de la Warner, de esas que giran y giran hasta que acabas mareado, o lo que es peor, echándole la pota al vecino. El caso es que pensábamos que era otro tipo de cacharro, y cuando nos bajamos a mí me daba vueltas todo. Necesité una coca-cola y un ratito de reposo para recuperarme.
     
    Pasadas las emociones fuertes tocaba ir un poquito en plan tranquilito y dar una vuelta por Märchen Town, la zona del Parque dedicada a Kitty-chan y otros personajes de la misma marca. Ahí todo lo que hicimos fue sacar fotos y fotos, que Hello Kitty nos gusta mucho. El pobre Ryu lo único que podía hacer era resignarse y hacer de fotógrafo para nosotras, aunque en el fondo yo sé que se estaba muriendo de vergüenza por ir con semejantes locas. Una paradita en la tienda de Kitty para comprar un recuerdillo, en mi caso una taza con su forma, y a subirnos a la noria.
     
    Por fin llegaba el momento que más había estado esperando todo el día: patinaje sobre hielo. Resulta que en el Parque de atracciones de Seibun Yuenchi hay una pista, y yo llevo años queriendo hacerlo, o por lo menos intentarlo. Sin embargo, me llevé una decepción tremenda, ya que cuando quisimos ir era la hora de cierre; todo por querer dejarlo para el final.
     
    Ya iba siendo hora de marcharse, que el Parque iba a cerrar en breves. Yukari tenía un compromiso con los amigos, así que nos despedimos de ella en la estación. Ryu y yo nos fuimos a su casa, que vive muy cerquita. Al final acabé cenando allí, que su madre cocinó un arroz con curry estupendo. Lo único malo la perra de Ryu, que es súper grande y no paró de ladrar en toda la tarde-noche... ¡Menudo miedo! A eso de las 10 de la noche me llevaron en coche hasta Kokubunji, donde cogí un tren directo para Takao y me vine a la resi a empezar mi cuarentena pre-Nochevieja: me pasé dos días sin salir de casa haciendo el vago...

    Navidades 100% niponas: de compras en Odaiba con Kidd

    En un principio mi plan para el día 27, después de tanto andar para un lado y para otro, era quedarme en casita descansando y cogiendo fuerzas para el día siguiente, que tenía otra salida planeada. Sin embargo, Kidd me propuso irnos por ahí a dar una vuelta, así que no pude resistir la tentación y le pedí que me llevara a algún lado donde me pudiera comprar algún trapito barato... ¡Dicho y hecho! Quedamos en Shinjuku por la tarde y cogimos varios trenes hasta llegar a Odaiba, en la Bahía de Tokio.
     
    Después de echar un vistazo en varias tiendas y comprarme un par de jerseys con su bufanda a juego y una camiseta con una mariposa a precios de ganga, salimos de uno de los centros comerciales en los que habíamos entrado para contemplar una de las vistas más bonitas que he visto en mi vida: la Bahía de Tokio por la noche, iluminada por las luces de todos los edificios que la rodean. No saqué ninguna foto porque a esas horas, pese a ser por la tarde, ya estaba muy oscuro y no iba a salir nada, pero prometo volver de día para hacer todo un reportaje. Además, en la zona hay una réplica de la Estatua de la Libertad con la que me gustaría sacarme una foto, que todavía no he tenido la oportunidad de ir  Nueva York, uno de mis sueños (poquito a poco, Karla).
     
    Para finalizar una tarde estupenda, cenita en un restaurante coreano... ¡delicioso! 45 minutos de tren y de vuelta en Takao preparada para irme al día siguiente con Ryu, Yukari y Kyouhei a otro parque de atracciones. Que no decaiga la diversión navideña...

    Navidades 100% niponas: un día en Tokyo Disney Sea pasado por agua

    El día 26 a las 6 y media de la mañana sonó la alarma de mi móvil y acto seguido pegue un salto de la cama en la que tan calentita había dormido. Acto seguido, con mi peor cara, la de las mañanas, bajé a darme una ducha, no sin antes cruzarme con el padre de Kyouhei, que, pese a saber que yo estaba en su casa, se llevó un susto tremendo, lo cual es normal si tenemos en cuenta que yo parecía un fantasma a esas horas. Pasado el momento de la vergüenza, para Kyouhei más bien de risa, duchita para espabilar, desayuno rico rico y en coche hasta la estación de tren más cercana al Disneyland, lugar en el que habíamos quedado con el resto de participantes en esta aventura: mis inseparables Kin y Yuuki más una pareja amiga de Kyouhei, que como buenos novios nipones seguían la fiel costumbre de ir por estas fechas al Disneyland cogiditos de la mano.
     
    A nuestro alrededor un ir y venir de gentes dirigiéndose a toda mecha hacia el Parque, y nosotros intentando decidir a cuál de las dos partes iríamos, ya que el Disneyland de Tokio está dividido en dos. Según las condiciones meteorológicas del momento, una lluvia horrible que no se separó de nosotros en todo el día, decidimos ir a Disney Sea, zona con las mejores atracciones pero con menos lugares que ver y sitios en los que sacar fotos. Muy a mi pesar tuve que abandonar la idea que me había traido hasta aquel lugar: agredir al Mickey nipón, sueño de mis últimos meses (tanta presentación oral ha hecho que desarrolle algún tipo de tendencia al uso de la violencia). Su casa está en la zona del Disney a la que no iríamos, así que tendrá que ser la próxima vez... Sí, habrá una próxima vez, en primavera, cuando el tiempo sea decente y puedan venir los que faltaron: Sarah, que estaba de viaje; Kidd, que tenía trabajo, y María, que tenía que pasar estos días con sus padres... ¡Cuántos más mejor!
     
    Para empezar el día con emociones fuertes, nada como una subidita en la Torre del Terror, una atracción de caída libre desde una altura bastante considerable. Entre el frío, la lluvia y la cola a más de uno se le estaba poniendo la carne de gallina sólo con imaginarse lo que nos estaba esperando en cuanto entráramos. Servidora también se empezó a poner nerviosa cuando se subió al aparato en cuestión, así que todo lo que pude hacer fue agarrar bien fuerte las manos de quienes estaban sentados a mi lado, en este caso Kyouhei y Yuuki, y pegar unos gritos como nunca en mi vida. Después de las emociones fuertes, algunas atracciones más tranquilitas alternando con las que más descargas de adrenalina podían producir, aunque todo ello muy light si las comparamos con las de cualquier parque de atracciones. También hicimos alguna paradita para comer, tomar algo caliente y sacar fotos. Yo como siempre dando la puñeta con las fotos, pero es que no todos los días viene una a Japón, y menos al Disneyland. Además, echando números me di cuenta de que ya hace mucho tiempo que fui por última vez al Disneyland de París, y eso produce en mí cierta nostalgia y hace que la Karla más niña de todas salga a flote.
     
    Y pasaban las horas e iba tocando poner fin a un día de diversión pasado por agua. Eso sí, antes de marcharse decidimos volver a subirnos a la Torre del Terror, pero esta vez con un aliciente más: cuando se puso la atracción en marcha y nos empezaron a subir, justo antes de empezar a caer, sentí vibrar en mi bolsillo izquierdo mi móvil y comencé a gritar como una histérica "meeru, meeru (e-mail)". Además, detrás de mí estaba sentado Kin, que no paraba de decir cosas para meterme miedo y de hacer ruidos extraños en mi oreja, y yo a grito pelao diciéndole "yamete, yamete (¡para, para!)!" El resto de la gente subida en la atracción, incluidos mis amigos, no pararon de reírse. Tal shock traía yo con esa mezcla de sucesos que no solté ni un solo grito en lo que caíamos; me limité simplemente a cerrar los ojos y a agarrar de nuevo con todas mis fuerzas las manos de Kyouhei y de Yuuki.
     
    Pasadas las emociones fuertes nos dividimos para hacer un poquito de shopping. Yo me fui con Kyouhei a buscar un regalito para Sara, que habíamos prometido llevarle algo. Al final le compramos lo mismo que me compré yo para mí: una taza especial para té de color rosa con la imagen de Minnie en kimono y un paisaje de estilo nipón, todo ello muy oriental.
     
    Tren hasta Shinjuku; lluvia, lluvia y más lluvia, cena de Yakiniku y cada uno para su casa a pegarse una buena duchita, a descansar y a coger fuerzas para Nochevieja y Año Nuevo.  

    Navidades 100% niponas: Nochebuena en casa de María y Navidad en casa de Kyouhei

    Hay que ver qué largo se me hizo el viajecito en tren hasta el pueblo de María... Y es que las dos no podíamos con el cuerpo, pero ni capaces fuimos de dormir un poquito en el tren. Yo diría que la culpa la tuvo la vocecita que va indicando las paradas, que esta vez era un vozarrón como nunca habíamos oído en nuestra vida nipona.
     
    Cuando por fin llegamos a casita de María había que mantener el semblante y no dormirse por los rincones, que no era cuestión de dar mala imagen ante la madre de María, y más cuando es el primer día que te ve y encima te ha invitado a su casa. La buena mujer nos preparó algo de comer y ahí nos sentamos calentitas en torno a la mesa, con nuestras mantitas y todo. Para amenizar la tarde, nada mejor que los perrinos de María acosándome (ver fotos) y quedarse en casita tranquilamente viendo la televisión después de haberse dado una ducha y un baño relajantes.
     
    Sobre las 7 de la tarde la menda ya estaba lista y pintarrajeada lo suficiente como para que las horas de sueño perdidas no se notaran mucho, aunque el cuerpo me estaba empezando a dar sintómas de que necesitaba cama. Por eso, para acallar las ansias de sueño nada mejor que coger la bici y echarse al frío nipón para ir a buscar a Ji Hye, una chica coreana de la resi, a la estación. Después un paseillo hasta el súper, en el infinito o más allá, unas compras de última hora para la cena y de vuelta al hogar de María, que tan amablemente nos había acogido en Nochebuena.
     
    La cena fue de los más variada y abundante, vamos, que nos pusimos las botas todo lo que quisimos y más. El postre, una deliciosa tarta de chocolate, y para brindar un poquito de champán francés. Entre pitos y flautas, más bien charlando, viendo la tele y escuchando música, nos dieron las 2 de la mañana, así que iba siendo hora de acostarse.
     
    A la mañana siguiente, a eso de las 8, recibí una de las mejores y a la vez peores llamadas de mi vida, la de mi familia, que estaba celebrando la cena de Nochebuena. Digo que fue una de las mejores llamadas porque me hizo muchísima ilusión poder hablar un poquito con todos, pero también de las peores porque estaba súper zombie y apenas recuerdo qué dije y qué me dijeron. Acto seguido de vuelta a la cama hasta las 12 y media.
     
    Cuando nos levantamos teníamos la casita para nosotros solas, ya que los padres de María se habían marchado a pasar el día fuera. Lo primero que hicimos fue desayunar-comer tranquilamente para luego vagear todo lo que quisimos y más frente al televisor hasta que Una y Ju Hyun vinieran y comiéramos algo todas juntas. Después de ponernos las botas, de hecho comí más bien poco porque apenas tenía hambre, tocaba recoger y hacer un poco el gamba por casa. A mí me iba tocando marcharme y cada vez me daba más pereza, así que hablé con Kyouhei para retrasar un poquito la hora a la que habíamos quedado en Shinjuku.
     
    Ya por fin a eso de las 5, después de vagear lo suficiente, pegarme una buena ducha y recoger todos mis bártulos, me fui a la estación acompañada por María y Ji Hye, y cogí a toda leche el tren para Ikebukuro, donde tenía que cambiar de línea para ir a Shinjuku. Al llegar a la estación de Ikebukuro me hice un poco el lío y tardé algo más de lo que esperaba en encontrar el andén, pero es que nos os podéis imaginar lo abarrotadas que pueden llegar a estar las estaciones de tren en Tokio y lo complicado que puede llegar a ser orientarse con tanta gente yendo de un lado a otro a toda leche.
     
    Sana y salva en Shinjuku, unos minutillos de espera y mi hermanito Kyouhei me vino a buscar para subirnos en un tren que nos llevara hasta su ciudad. Al llegar ya iba siendo la hora de cenar, así que pusimos las mochilas en la cesta de su bici, que nos estaba esperando en la estación, y nos fuimos al bar de sushi en el que Kyouhei trabaja por horas. Esa noche no le tocaba trabajar, pero sí a su hermano pequeño, Hiro, al que no veía desde mi cumpleaños. Respecto a Hiro quisiera contaros una cosa muy curiosa: en Japón, por si no lo sabéis, la jerarquía social, por denominarlo de alguna forma, tiene un papel muy importante en el idioma, ya que según la persona con la que hablemos se deben emplear unas formas u otras para mostrar respeto hacia nuestros superiores en el trabajo, ancianos o personas de más edad que nosotros. El caso es que Hiro tiene todavía 16 años, si no me equivoco, y para dirigirse a mí utiliza un japonés mucho más educado, ya que soy mayor que él. Yo había estudiado estos fenómenos ya en España y aquí en Japón he sido testigo de diferentes situaciones en las que el idioma cambia (por ejemplo, cuando vas a un restaurante o a una tienda siempre utilizan palabras de respeto para referirse al cliente), pero ninguna tan curiosa como ésta. La verdad es que le sube la moral a una y todo, jejejeje.
     
    Después de cenar me subí de paquete en la bici de Hiro y fuimos hasta su casa. Por suerte los padres de Kyouhei estaban durmiendo y no me tocaría conocerlos hasta la mañana siguiente. Sin embargo, su abuela si que estaba despierta, y fue muy divertido comprobar la hospitalidad de una abuela nipona, muy similar a las españolas. Ya sabéis cómo son: "ay, hija, tú sin vergüenza pide lo que sea", "tómate un té que hace frío, y come esto, y lo otro... pero, ¿no tienes hambre?" Lo más divertido fue ver la cara de Kyouhei y de Hiro y oírles decirle a su abuela como con resignación que no se preocupara, que si necesitaba algo lo pediría.
     
    Videojuegos, bañito relajante, charla y para la cama, que el día 26 iba a ser muy largo...

    Navidades 100% niponas: de fiesta por Shibuya y el incidente del Mc Donald's

    Después de semanas de agobios, deberes, presentaciones orales y algún que otro episodio de más o menos interés general por fin había llegado el esperado momento de la temporada: ¡Vacaciones de Navidad! Y qué mejor forma de comenzarlas que yéndose de fiesta con los amigos por Shibuya, una de las zonas más céntricas de Tokio.
     
    El día 23 por la mañana servidora se dedicó a limpiar, ordenar y recoger su habitación lo máximo posible, que se avecinaban unos cuantos días de diversión sin pisar por la residencia y había que dejarlo todo listo para la vuelta. También tocaba hacer equipaje. Como siempre, la hora de ducharse, lavarse el pelo, vestirse, maquillarse y demás procedimientos prefiesta no fue la adecuada, ya que se me echó el tiempo encima y acabé más tarde de lo debido. Por suerte María también se había liado con el equipaje, así que gané un poquito de tiempo. Lo único por Gintin, que llevaba un ratillo esperándonos en la estación para coger los tres juntos el tren. Nuestra primera parada era Shinjuku, donde Kidd nos esperaba para hacerse cargo de nuestros bultos hasta la mañana siguiente, tiempo en el que María y yo pasaríamos a recogerlos por su casa. Como el señorito tenía un compromiso con otros amiguetes, una nomikai básicamente, llegaría un poquito más tarde al concierto, así que los tres del comienzo nos fuimos hasta Shibuya; ¡por poco me aplastan en el tren! Allí nos reunimos con Lei y Shin-chan para ir a comer algo y a tomar unas cervezas antes del concierto, que hacía un rato que había empezado e íbamos a llegar tarde de todas formas.
     
    El concierto estuvo genial, la verdad; había grupos de diferentes estilos. A mí el que más me gustó fue un dúo que imitaba a Safri Duo  versionando algunas de sus canciones con un estilo propio, ya que me hizo recordar aquellos tiempos en los que yo comenzaba a salir de fiesta. Después del concierto lo poco que habíamos comido antes de ir no nos parecía suficiente, así que decidimos ir a cenar algo más consistente con tranquilidad. Mientras estábamos cenando Song me llamó por teléfono para decirme que acababa de salir del trabajo y estaba esperando en la estación de Shibuya a que alguien fuera a buscarlo. Por aquel entonces Kidd ya se había unido a nosotros, de hecho, estuvo en un rato largo del concierto, así que él y Lei se fueron a por Song.
     
    Ya por fin todo el grupo reunido no quedaba más que irse por ahí de fiesta a disfrutar del resto de la noche, que todavía era temprano y aún quedaban muchas horas hasta que amaneciese. Mi idea, claro está, era la de ir a alguna discoteca a mover el esqueleto como siempre he hecho en España, pero el resto de la gente no estaba muy por la labor, así que nos fuimos a un bareto alternativo al que Lei ya me había llevado antes y nos tomamos unas cervezas en plan tranquilo, echándonos unas risas y sacando fotos de los más diversos tipos. Si os digo la verdad, pese a las ganas que tenía de irme de discotecas, que todavía no lo he hecho desde que llegué, no cambiaría esa noche por nada del mundo, sobre todo por el incidente que ocurrió posteriormente y que os voy a contar ahora intentando que la risa me deje describirlo de la mejor manera posible.
     
    A eso de las 4 y media de la mañana, María, Kidd, Song y una servidora decidimos entrar en un Mc Donald's de Shibuya que abre las 24 horas para tomar alguna bebida caliente, comer algo y charlar un ratillo sin música ni ruidos, que a esas horas el cansancio ya se iba notando. Los demás se quedaron en la calle tomando unas cervezas. El caso es que cuando llevábamos un rato sentados, charlando sin armar escándalos, se acercó a nuestra mesa el guarda de seguridad del local, un señor fuertote y gordito con cara de tener muy pocos amigos, y nos dijo unas palabras que yo en su momento no alcancé a comprender. Eso sí, una no es tonta, que por la cara tan "simpática" que nos puso y el tono de su voz entendí perfectamente que nos estaba invitando "amablemente" a abandonar el local. Así, recogimos nuestras cosas, despertamos a Song, que del cansancio y las cervezas se había echado un sueñecillo, y salimos por la puerta pacíficamente. Nuestros ojos no podían dar crédito a la escena que acabábamos de contemplar y vivir en nuestras propias carnes, y es que no todos los días echan a una de un Mc Donalds en Japón. Lo único que pudimos hacer fue tomárnoslo con el más sano de los cachondeos y seguir haciendo coñas hasta el día de hoy, ya que ninguno ha conseguido recuperarse de semejante shock. De hecho, nos hemos propuesto volver algún día y sacar fotos en el lugar de los hechos. Nadie ha caído tan bajo como nosotros...
     
    De camino a la estación todo eran risas y cachondeo, coñas y más coñas sobre el incidente del Mc Donald's. Shin-chan insistía en que debíamos habernos quejado al encargado, pero nosotros preferimos no entrar en polémica y armarnos nuestra propia fiesta recordando el asunto. A esas horas, en la estación, todo el mundo se agolpaba esperando el tren después de una "dura" noche de juerga y diversión. No es de extrañar que más de uno fuera con algunas copas de más, situación que pude comprobar cuando al pasar al lado de un grupo de tres chicos japoneses de pintas bastante fashion recibí una serie silbidos, ruidos y comentarios indescifrables... Quizás ése es el estilo nipón de piropear, jejejeje.
     
    Y de nuevo en Shinjuku, pero esta vez no para dejar maletas, sino para recuperarlas. A estas alturas de la noche, más bien mañana ya, ni pizca de ganas que había de cargar con el equipaje, pero no quedaba otra, pues nos íbamos a casa de Lei hasta la hora de coger el tren para ir a la de María a pasar la Nochebuena. Song, Gintin y Shin-chan se habían vuelto a Takao, a Kidd lo "aparcamos" cuando nos entregó los bártulos y se despidió de nosotras en las estación. Sólo quedábamos las tres nenas de la noche para seguir con la fiesta.
     
    Cuando por fin llegamos a casa de Lei, mi cuerpo no aguantó mucha cháchara más y decidió dormirse un poquillo, que iba siendo hora. Al despertarme, a eso de las 10 de la mañana, desayuno rápido, espabile a marchas forzadas y de vuelta al tren, pero esta vez María y yo solitas, de nuevo la parejita.

    Navidades 100% niponas: el comienzo

    Primer mensaje del 2007.... ¡Feliz Año Nuevo! Sé que he tardado un poquito en felicitaros vía blog y que tengo el espacio un poquillo abandonado desde que comenzaron las vacaciones de Navidad, pero en cuanto leáis los mensajes que voy a ir escribiendo a lo largo de esta tarde comprenderéis el porqué. Al menos he ido poniendo algunas fotos de mis aventuras navideñas y dando información general sobre mis movimientos a través de mis nicks en el Messenger, así que no os tengo tan abandonados como pensáis (si supierais todo lo que me he acordado de mi gente de España durante estas fiestas...).
     
    Y ahora... ¡Al turrón!: la última semana de clase, la del 18 al 22 de diciembre, estuvo marcada una vez más por los deberes y las presentaciones orales, aunque todo de forma mucho más relajada que las anteriores si tenemos en cuenta que ya me había quitado un gran peso de encima. Lo único interesante que os puedo contar sobre esos días es que mi querido ordenador me volvió a dar un susto de esos tan propios de él, y es que empezó fallando la barra de idioma y acabó quedándose colgado sin razón aparente. Si tenemos en cuenta todos los dolores de cabeza que me ha dado desde que llegué, comprenderéis que, tras dos días sin encontrar solución alguna, estuviera a punto de perder los nervios, ahí tirando de sala de ordenadores de nuevo. No obstante, el jueves 21 tuve la grandísima suerte de que Lei viniera a buscar unas cosas que se había dejado de cuando hizo la mudanza y que entrara en escena Ichanmoku, un chico coreano que controla mogollón de ordenadores y vive también en la resi. Ahí entre los dos se pusieron a hacerle pruebas a mi pequeñín y consiguieron curarle el problema de la barra de idioma. Sin embargo, no todo iban a ser alegrías, pues la mala noticia fue que el Touch pad, esa maravillosa minipantalla táctil que ejerce las veces de ratón en los portátiles, había pasado a mejor vida sin causa aparente (no es que el ordenador estuviera colgado como yo pensaba, sino que simplemente no podía utilizar el ratón). Al menos el problema tenía solución: comprar un ratón externo. Para ello, aprovechando que Ichanmoku tenía que ir a hacer unas compras al Don Quijote (una tienda que está a tomar vientos de la resi pero que tiene cosas a muy bien precio, como mi bici, por ejemplo) me fui con él. Además, cenamos juntos en un kaitensushi de la zona, que viene siendo un bar en el que se puede comer sushi y otras delicias niponas de pescado y marisco a muy bien precio. Seguro que habéis oído hablar o visto alguna vez uno de estos locales en los que los platos van pasando por una cinta transportadora, ahí gira que te gira esperando a que alguien se los quiera comer.
     
    Después de eso nos fuimos a una heladería a por el postre... ¡Qué rico que estaba el helado que me comí! No recuerdo el nombre, pero sí sé que se trata de una cadena tipo Ben&Jerry's que no existe en España, o por lo menos yo nunca la he visto. Una vez hicimos las compras pertinentes nos volvimos a la resi, que al día siguiente, aunque yo no tenía clase, me había propuesto ir a la biblioteca a currar un poquillo y adelantar así trabajo de cara a las vacaciones.
     
    Lo más destacado del viernes fue que al volver a casa acabé echando una mano a Song, María y otras gentes cuyo nombre desconozco para quitar los adornos de la fiesta de Navidad, que con el ajetreo de la Uni nadie había tenido tiempo de ponerse con ello. Después María y yo nos fuimos a cenar en plan parejita a un local de Yakiniku cercano al Ito Yokado, un supermercado bastante grande de por aquí (tengo colgada una foto allí de una de las primeras veces que fui a hacer la compra). Por si no sabéis lo que es Yakiniku, os lo exlicaré brevemente: en los bares/restaurantes de Yakiniku se piden platos de diferente tipo de carne y uno puede cocinarlos a su gusto en la parrillita de su mesa. Además, en algunos locales también ofrecen pescado y marisco. Se puede echar limón, pimienta y diferentes salsas para aderezar la carne según el gusto de cada uno. A veces también se sirven verduras como acompañamiento. Está muy rico, la verdad. Me recuerda un poco a la carne a la piedra que tantas veces he comido con mis padres en Asturias. 
     
    Al final, como siempre, acabamos haciendo el gamba e inmortalizando tan peculiares momentos con nuestras cámaras (todas las fotos están colgadas en la carpeta "diciembre 2006"). También nos dedicamos a hacer nuestras propias predicciones de cómo sería la noche siguiente, ya que teníamos plan...