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    11/21/2006

    Y a los dos meses de estar en Japón... ¡Que comiencen las excursiones, señoras y señores!

    Dos mesecillos hizo el domingo día 19 de noviembre que puse mis piesecillos por primera vez en suelo nipón. Dos meses, sin duda alguna, llenos de nuevas experiencias y cambios. Todavía sigo en fase de adaptación, pero llevo un ritmo muy bueno, ya que prácticamente he asimilado todo lo que me está pasando y actúo en consecuencia. Además, mi desastroso japonés va mejorando poco a poco... Hasta he aprobado el examen que tuve la semana pasada (44 puntos de 70, que no está mal si tenemos en cuenta que la gente no estudió y la media estaba en treinta y poco). Vamos, que estoy trabajando duro para sacarle el máximo partido a la maravillosa oportunidad que la vida me ha regalado. Eso sí, que nadie se crea que lo único que hago es estudiar y estudiar; de eso nada, que siempre que puedo me lo paso bien (yo diría que salta a la vista en las fotos de la página).
     
    El lunes de la semana pasada estaba tan agotada después del examen y del resto de clases (me levanté a las 7 de la mañana para repasar) que lo que menos me apetecía al llegar a casa era ponerme a estudiar. Por eso, cuando Song, un chico chino de mi residencia al que podéis ver en algunas de las fotos de la excursión del finde pasado, me ofreció ir a cenar, no pude decir que no.  Así que cogimos las bicis, fuimos a la Estación de Takao y nos subimos al tren para ir a Hachioji. Estuvimos dando una vuelta por algunas tiendas y, en el momento en el que el estómago no aguantó más, nos fuimos a un bar muy peculiar: un local muy cuco en el que se sirve comida china con un toque japonés, aunque el cocinero es chino. Esta mezcla explosiva resulta ser a la par exquisita. La cerveza china también está muy buena.
     
    El martes y el miércoles fueron dos días de mucho trajín (el miércoles hasta me marqué en clase de Fukushima-sensei unas sevillas bastante cutres, pero la audencia reclamaba algún baile Typical Spanish y yo solita no podía arrancarme con un Pericote. Ahí todo el mundo sacando fotos y grabando vídeo con el teléfono móvil. La profe bailando conmigo y todo, vamos... ¡La caña!). Con eso de que el viernes me iba de excursión, había que dejar todo bien atado para no tener que hacer nada el sábado a la vuelta, y menos aún el domingo, día consagrado al descanso siempre que se pueda. El jueves, por su parte, acabo siendo también otro de esos días memorables, pues después de acabar las clases y volver un ratito a la resi me fui con Lei, Song y su amigo Shinozuke (Shin-chan para los colegas) a tomar unas cervezas. Hasta aquí todo parece muy normal. Lo curioso viene ahora: no estábamos nosotros cuatro solitos, ya que habíamos quedado con tres profesores nativos de inglés de TakuDai (Takushoku Daigaku en jerga súper fashion cool de los estudiantes de nuestra uni). El caso es que, entre pitos y flautas, Song, Lei y yo acabamos volviendo a la carrera para pillar la puerta de la resi abierta, antes de las 12. Fueron unas horas muy divertidas en las que pude hablar inglés por los codos y reírme hasta reventar.
     
    Al volver a la resi, tocaba meter las últimas cosas en la mochila e irse a la cama lo más temprano posible, que a las 6 del día siguiente había que estar en pie para que me diera tiempo a ducharme, desayunar y hacer la última revisión del equipaje. No está de más deciros que me costó un poquito levantarme, pero en cuanto puse un poquillo de música y me di una duchita espabilé enseguida. A las 7 de la mañana Song me estaba esperando en el hall de la resi. Allí también estaban Risou, mi vecina de habitación, y otro chico chino que yo no sabía que venía y cuyo nombre, por desgracia, ahora no recuerdo (no os imaginais lo difícil que es memorizarse tanto nombre asiático). Con el frío nipón en el cuerpo nos pusimos en marcha para ir andando hasta la Estación de Takao, donde debíamos coger un tren que nos dejara antes de las 8 en Hachioji, no sin antes pasar por Mc Donalds a comprar algo para comer, que al final no había tenido mucho tiempo ni ganas para desayunar en condiciones.
     
    Ya en Hachioji, nos dirigimos al meeting point de la excursión, donde un grupo bastante numeroso de estudiantes de intercambio de la uni, cuatro profesores y cuatro estudiantes japoneses que se habían ofrecido como asistentes para organizar el viaje y coordinar al grupo un poquillo estaban esperando junto a dos autobuses. Durante media hora nos tocó esperar al resto de gente que faltaba por llegar, tiempo que aproveché para charlar con algunos compañeros de clase y desayunar. También tuve la oportunidad de conocer a una chica alemana, Andrea, estudiante de intercambio en un instituto de nuetra uni, con la que me pasé gran parte del finde parlando algo de alemán.
     
    A las 8 y media de la mañana, por fin se puso el bus en marcha y daba comienzo la que sería mi primera excursión de más de un día en Japón. Nuestro destino: Yamanashi-ken, prefectura nipona famosa por el Monte Fuji, las uvas, y por consiguiente, el vino y otros productos elaborados a partir de esta fruta. Horas y horas de autobús quedaban por delante, amenizadas por una más que peculiar guía, una japonesa vestida con un uniforme bastante curioso y una voz muy audible (la chica en cuestión, además de ejercer las clásicas funciones propias de su profesión, se dedicaba a darnos palique sin parar. Poco faltó para que se pusiera a agitar las brazos, dar palmas y pedirnos que cantáramos todos juntos a coro, en plan excursión del cole, tralalá...).
     
    Después de un par de horas de autobús apróximadamente, paramos en el lugar que sería nuestra primera visita: el Centro del Linear Chuo Express, un tren estilo al Shinkansen, el archiconocido Tren Bala nipón. Lo vimos pasar y todo, aunque a una velocidad tan rápida que fue prácticamente visto y no visto. La gente sacando fotos y todo, como si nunca hubieran visto un tren en su vida; muy curioso, en definitiva. Al finalizar esta primera visita, de vuelta otra vez al autobús con nuestra súper guía dándole a la lengua cuando el 80% de la excursión deseaba que cerrara el pico y nos dejara descansar un poquito en paz, pero no hubo manera (la mujer tenía que cumplir con su trabajo, que ya sabéis que el deber es un pilar fundamental de la sociedad japonesa).
     
    A eso de las 12 del mediodía, parada para comer y visita un museo de figuras de marfil, algunas de las cuales podéis ver en las fotos que he colgado. También hubo tiempo para comprar algún recuerdillo y sacar unas cuantas fotos de los alrededores. De nuevo en ruta con nuestra guía hiperactiva, otra horita de bus y el siguiente alto en el camino: fabricar nuestro propio sello. Después de tallar como japoneses, sacar más fotos y tirarnos otro ratico más en el bus escuchando las "interesantes" cosas que la guía tenía que contarnos, llegamos al templo en el que pasaríamos la noche.
     
    El templo en cuestión es lo que en japonés se conoce con el nombre de ryokan, que podríamos traducir como hostal tradicional. Las habitaciones, al más puro estilo nipón, con su tatami, sus puertas de madera y papel, y su futon para cada persona (colchón nipón que, acompañado de una almohada pequeña, una especia de edredón y una manta permite a uno dormir en el suelo). Nada más llegar, lo primero que tocó hacer fue quitarse los zapatos a la entrada y caminar por el interior en calcetines. Una vez colocadas las cosas en nuestras respectivas habitaciones, en las que estábamos tres o cuatro personas (los chicos en la planta baja y las chicas en el primer piso), mis compis de habitación y yo nos tomamos un té y comimos algunos dulces en el pasillo. Risou también se unió a la fiesta.
     
    A la hora de la cena, todo el grupo se reunió en el comedor en torno a minimesas con cojines para sentarse en el suelo y cenar juntos en amor y compañía, todo muy nipón. Por supuesto, no faltó cerveza japonesa, deliciosa donde las haya. Para completar el día y relajarse un poco después de tanto trajín, nada como un buen baño al estilo japonés, como cuando me quedé en casa de Yukari-chan. El único problema que me suponía tan sana costumbre es tener que estar duchándome y bañándome con otras mujeres, algo que a mí me da mucha vergüenza, pues no es que esté yo precisamente muy acostumbrada a quitarme la ropa delante de mucha gente, aunque sean chicas también . No obstante, Andrea, Guen (estudiante de intercambio vietnamita con la que compartía habitación) y yo fuimos a una hora a la que hubiera poquita gente para que yo no me sintiera tan cortada. Al final sólo estuvimos las tres, lo que facilitó las cosas y sirvió de preparación para la excursión del sábado 25 a Hakone, paraíso de los onsen (aguas termales), en los que se sigue el mismo sistema. Poco a poco hay que ir adaptándose a estas cosillas, que, como dice el refrán, "donde fueres haz lo que vieres..."
     
    Con todo el cansancio del día y la sensación de relax que me había dejado el baño, se supone que tendría que haber caído rendida en el futon. Sin embargo, me costó un montón dormirme, así que, cuando tocaron diana a las 5 de la mañana, iba dando tumbos por el pasillo en dirección al baño para lavarme los dientes. Vamos, que metía miedo y todo. Media hora después de levantarnos, aquello parecía el ejército: todos en fila esperando a ser contados para comprobar que no faltara nadie, pasando un frío de muerte en el patio del templo, cuando ni siquiera había amanecido... Y nos esperaba una caminata por el monte prácticamente a oscuras, por unas cuestas altísimas, con el estómago vacío hasta las 8 de la mañana que tocaba volver para desayunar.  Después de contaros esto, seguro que más de uno se está preguntando el motivo de tal madrugón. Pues bien, la razón por la cual tocó levantarse a esas horas es bien simple: los organizadores de la excursión habían pensado que ver una "misa" budista era una experiencia más que interesante. Efectivamente, lo fue, si bien no tuve esta opinión hasta que me encontré sentada en el comedor del ryoukan a las 8 de la mañana con un suculento desayuno frente a mí.
     
    No obstante, caminatas por el monte a oscuras y "misas" budistas aparte, el día no había hecho más que comenzar. A las 9 de la mañana más o menos, nos subimos otra vez al bus con nuestra maravillosa y estupenda guía parlante, que al menos tuvo la decencia de dejarnos descansar un poquito. Nuestra siguiente parada, una fábrica de papel tradicional, donde nos enseñarían a hacer nuestro propio diseño, decorado a gusto del consumidor. Después de pringarnos un poquito, todavía hubo tiempo antes de ir a comer para comprar alguna cosilla en la tienda de recuerdos, sacar fotos (hacía un tiempo precioso, que pudimos ver el Monte Fuji desde el autobús y todo), y probar diferentes variedades de peras, otra de las frutas típicas de la Prefectura de Yamanashi.
     
    Y de nuevo, al bus con nuestra guía la simpática parlanchina. Menos mal que sólo teníamos media hora de viaje desde el restaurante hasta la fábrica de vino, nuestra última visita. Lo mejor de todo, la degustación, je je je. Después de dar una vuelta por las instalaciones, recibir informaciones de una guía cuyo japonés, además de incompresible para una inculta como yo, era de 1000 revoluciones por minuto, probar diferentes variedades de vino nipón fue la guinda que puso el pastel a un viaje lleno de nuevas experiencias, sentimientos y sensaciones de los más diversos tipos. Todo lo que os puedo decir es que quizás si mirais las fotos os hagais una mínima idea de lo que viví esos dos días.
     
    A las 5 y media de la tarde, ya de noche y después de dos horas de autobús en las que conseguí dormir un poquillo, llegamos a Hachioji. Cargados hasta arriba entre mochilas y bolsas de las compras que habíamos hecho, Song, Risou y el otro chico chino de la resi fuimos a cenar algo juntos para luego volver en grupillo a la resi.
     
    Al día siguiente, tal y como había quedado con Hironori (el chico japonés que conocí en la Fiesta de la Hispanidad de la Embajada), a eso de las dos de la tarde aparecí en la Estación de Takaosanguchi, muy cerquita de donde vivo. El motivo de tal reunión era hacer un poquillo de turismo con su amigo Rubén, un pamplonés que había venido a Japón por cuestiones de negocios de la bodega de vinos para la que trabaja.
     
    Después de comer soba (pasta japonesa con sopa mezclada con huevo crudo y un tipo de patata especial), estuvimos dando un paseillo por los alrededores del templo, al que subimos en funicular. La pena es que no paró de llover en todo el día, porque la zona es preciosa: las hojas de los árboles poco a poco se van tiñiendo de un rojo otoñal (momiji). Sobre las 8 de la tarde, nos subimos al tren con destino a Hachioji, donde cenamos y charlamos un buen rato tomando un par de cervezas (lo siento, me pirra la cerveza nipona, pero no bebo en exceso pese a lo que pueda parecer). ¡Ah! Me vine a la resi con una bolsita de embutidos españoles cortesía de Hiro, que tiene un montón en su casa y está harto de comérselo él solito todo.
     
    Fue un finde completito, como habéis podido comprobar. Veremos qué me depara el siguiente, que el sábado me voy de excursión a Hakone. Además, este jueves es festivo, algo así como un día de descanso para los trabajadores de oficina, y no tengo clase. Ya os contaré. Intentaré que el próximo mensaje no sea tan largo, ごめんね (Lo siento, ¡eh!)!
    11/12/2006

    Marchando una de "botellón" nipón

    La juventud japonesa también sabe pasárselo bien. Si creiais que los nipones, que según un buen amigo son "gente así en formato zip", sólo se preocupan por las últimas tendencias de los diseñadores más famosos del mundo y se conforman con encerrarse unas cuantas horas a la semana con los amigos en algún karaoke, estabais equivocados. Los japoneses también se van de botellón, que lo sepais. Lo que pasa es que aquí tiene un nombre más fino: nomikai, o como mi persona ha decidido traducir literalmente, "reunión para beber". No obstante, el concepto es bien diferente, pues aquí no se junta uno al libre albedrío en un rincón de la calle a pasar frío y a darle a la botella, no no no... Aquí uno lo prepara con antelación y se reserva un bareto para hacerlo. Para que lo entendais mejor, os contaré cómo se desarrollaron la tarde y la noche del viernes, día en que asistí a mi primera nomikai.

    Hacía ya tiempo que Romi-chan, una de las alumnas de cuarto curso del Departamento de Español, me había dicho que ella y sus amigos de clase estaban organizando una nomikai para noviembre, y contaban conmigo si estaba libre. Yo, como no, acepté sin dudarlo, pues la fiesta es lo mío. Además, de aquella no sabía que tendría examen el lunes, y pese a tan fatídica coincidencia, decidí concenderme unas horas de relax y disfrute. Así, el viernes a eso de las 6 de la tarde, tal y como me había indicado Romi-chan en un mail al móvil, cogí el tren en Takao y me fui a Hachioji. Allí me estaban esperando todos los asistentes, en su mayoría chicas. Yo sólo conocía a Romi-chan y a otra chica, pero desde el principio me sentí muy agusto a pesar de ser la única "guiri".

    A eso de las 6 y media, llegamos al bar en el que se celebraría nuestra nomikai. Básicamente, la fiesta consistía en lo siguiente: beber y comer hasta jartarse mientras se charla animadamente con los colegas. A uno y otro lado de nuestras mesas, diversos grupos de jóvenes nipones llevaban a cabo el mismo ritual, aunque he de decir que de una forma que casi me lleva al infarto: además de pegar gritos como locos para incitarse a beber salvajemente y sin control los unos a los otros, algunos chicos acabaron hasta colgándose de columnas y vigas del local, cual mono zarandeánse en la rama de su árbol. Con este ambiente, nuestra reunión parecía un cumpleaños de niños de 5 años, ya que lo más que subimos la voz fue para poder entendernos con el vecino de enfrente dada el jaleo que había a nuestra alrededor.

    A las 8 y media se terminaba nuestra comilona y bebilona, por lo que comenzaba otro curioso ritual de toda nomikai: pagar. A este repecto, resulta interesante, cuanto menos, la mentalidad nipona para dividir el total entre todos los asistentes, pues se presupone que los hombres beben y comen más que las mujeres, por lo que han de pagar más. El resultado: las chicas tocábamos a 2.500 yenes, mientras que los chicos tuvieron que desembolsar 3.000. No, si esto de la "discriminación positiva" va a tener sus ventajas y todo, y mira que a mí no me gusta nada que me traten diferente por ser chica, pero si lo miras desde otra perspectiva, yo como bastante, así que mejor no quejarse, je je je... Una vez todo el mundo había pagado y se había puesto sus respectivos zapatos (olvidé comentaros que la zona de las mesas era totalmente tradicional, es decir, con tatami y cojines para sentarse en el suelecito), salimos a la calle para decidir cuál sería nuestro siguiente destino. La gran mayoría de los asistentes decidió que era un buen momento para volverse a casa, así que el resto, un reducido grupo de nueve personas encabezado por Romi-chan, nos dirigimos al karaoke, donde estuvimos hasta las 11 tomando algo y cantando éxitos de ayer y hoy: "Wannabe" de las desaparecias Spices Girls, "la Tortura" y "Hips don't lie" de Shakira, un meddley de Jennifer López, "Toxic" de Britney Spears, "Crazy in Love" de Beyoncé y la de siempre, la "Gasolina" (una vez más los nipones me hicieron los coros). Por supuesto, canciones en japo no faltaron, todas ellas desconocidas para mí, pero no por ello me quedé callada.

    De nuevo vuelta a la realidad: examen mañana, así que otra tarde como la de ayer... ¡A ESTUDIARRRRR!

    11/9/2006

    Te saliste, Juanes

    Ayer fue un día bastante surrealista si tenemos en cuenta que yo, española, fui al concierto de Juanes, colombiano al que muy pocos nipones conocen, en Shibuya, en el mismísimo Tokio. El caso es que fueron dos horas de lo más divertidas, ya que me encontraba en un concierto en Japón en el que lo que menos había, mira tú qué cosas, era japoneses. Los colombianos arrasaron esa noche, cómo se nota que tocaba un compatriota suyo. Creo que también había algún español más, pero no estoy muy segura.
     
    Quizás muchos os preguntéis cómo diablos se me ocurrió ir al concierto de Juanes aquí cuando puedo verlo perfectamente en España. El caso es que a mediados de octubre más o menos, Yukari-chan me comentó que ella y algunos de sus compañeros del Departamento de Español de la Universidad de Takushoku tenían pensado ir al concierto de Juanes pero no sabían si podrían conseguir una entrada más para mí. Casualidades de la vida, uno de los chicos que tenía entrada me dijo la semana pasada que no podía ir porque tenía que trabajar... Y he ahí que lo sustituí yo. 
     
    Me lo pasé estupendamente, entre otras cosas, porque el tío tiene un directo muy bueno, respaldado por un grupo de músicos estupendos. Además, bailé como una loca las canciones más animadas, pero también lloré como una tontita al oír algunas de las canciones más lentas y románticas. Pronto colgaré las tropecientas fotos que hice para que podais ver lo cerquita que estaba del escenario (no era precisamente primera fila, como máximo décima). En cuanto a los vídeos (grabé un buen trozo de "Es por ti" y un poquito de "Para tu amor"), siento decir que no podré colgarlos, más que nada porque no sé cómo hacerlo y porque es probable que ocupen mucho. Los dejaré para mi propio disfrute durante el tiempo que esté aquí y para enseñárselos a cuantos quieran verlos al volver a España.
     
    Después de dos horas de diversión conciertera, el estómago nos pedía reponer fuerzas y cenar algo, que sólo unas patatuelas, un onigiri y algunas gominolas habían sido nuestra merienda. No obstante, Yukari-chan y yo nos tuvimos que ir a la carrera un poquito antes que los demás , ya que yo me quedaba a dormir en su casa y no podíamos perder el tren.
     
    Un par de trenes después y un viajecillo en coche con el padre de Yukari, que nos fue a  buscar a la estación de su ciudad, llegamos al hogar de la Familia Yazawa. He de decir que nunca se me olvidará este día porque, además del concierto, ayer fue la primera vez que entré en una casa japonesa. Para acabar el día, nada como el relajante baño que me di antes de acostarme, al más puro estilo nipón: una duchita para limpiar todas las impurezas y... ¡A la bañera patos! ¡A relajarse tocan! Ojalá pudiera hacerlo más a menudo, pues es una cura estupenda para el agobio y el estrés como mínimo.
     
    A la mañana siguiente, la madre de Yukari nos preparó un desayuno de lo más variado y lo que sobró me lo metió en una bolsa para el camino, cual abuela. Además, me repitió que volviera cuando quisiera varias veces, vamos, que me trataron divinamente. Viendo como es su familia no me extraña que Yukari sea así. Qué pena que después de todo esto hubiera que volver a la realidad de las clases y el estudio... El lunes examen a primera. Se prevee un finde muy ajetreado...
     
     

    Celebrando los 21 en Tokio... Y muy bien llevados, of course!

    Que haya tardado tanto en escribir para contaros cómo fue mi cumpleaños no responde a ninguna táctica rebuscada para causar expectación haciéndome de rogar. La espera responde, por desgracia, a que la "maravillosa" conexión de Internet de mi residencia ha estado sin funcionar desde el fin de semana pasado. Ahora por fin vuelvo a tener el poder de la Red en mis manos y nada ni nadie podrá impedir que siga adelante con este proyecto mío del blog, ilustrado a todo color, sobre mi aventura nipona.
     
    Como os había dicho hace ya tiempo, mi grupete de coleguillas (compuesto por varios japoneses, un chino y una egipcia) se puso manos a la obra prácticamente desde el día que nos conocimos para organizar un cumpleaños a la carta. Como yo todavía no controlo mucho, les orienté un poquito sobre mis gustos y les dije que prefería que me sorprendieran con aquello que según su criterio pudiera ser lo mejor. Ni que decir tiene que lo hicieron para sacar una matrícula de honor como mínimo, ya que el día fue excelente. Empecemos por el principio...
     
    El jueves por la noche empezaron las sorpresas: Sara, mi compi egipcia, me mandó un mensaje al móvil para decirme que fuera a su habitación, que allí había "algo" esperándome. Al llegar, encontré expuestos ante mí suculentos manjares egipcios que mi querida amiga había estado preparando para mí por la tarde. Además, había regalitos: un colgajo para el móvil con un corazón, un colgante (también con forma de corazón) y un marco de fotos amarillo con flores blancas y espirales amarillas; todo ello en el interior de una bolsa de Campanilla con su tarjetita y todo. Después de cenar hasta reventar, me volví a la habitación, donde me quedé hasta las tres de la madrugada recibiendo felicitaciones y charlando con unos y con otros.
     
    Al día siguiente, el Gran Día, levantarme a las 8 y pico de la mañana tras haber dormido cuatro escasas horas costó lo suyo, pero el pensamiento de que iba a pasarlo fuera visitando lugares desconocidos con gente sensacional facilitó las cosas. A eso de las 10 de la mañana cogimos un tren semi exprés (nada de trasbordos ¡yujuuuu!) hasta Shinjuku, donde habíamos quedado a las 11 con el resto del grupo. Por si no os lo dije anteriormente, el día de mi cumpleaños coincide con la fiesta nacional del Día de la Cultura, así que la Estación de Takao estaba repleta de nipones con sus respectivo hijos, nietos, sobrinos etc. dispuestos a pasar el día juntos en amor y compañía (la mayoría tenía pintas como para irse de senderismo). Volviendo a lo que nos ocupa, sobre las 11 menos algo llegamos (cuando digo llegamos me refiero a Sara y a mí, que vivimos en la misma planta en la Residencia para Estudiantes de Intercambio del campus) a Shinjuku, donde Kyouhei (japonés) y Kin (chino) nos estaban esperando tal y como habíamos quedado. Juntos nos fuimos a otra parte de la estación en la que estaban esperando el resto de la gente: Hiro (el hermano pequeño de Kyouhei), Marina (su prima, que además de tener un nombre muy hispano ha empezado a estudiar español en la universidad) y Yuki (chico japonés de mi uni amigo de Kyouhei). Una vez presentado el cartel de participantes, jejjeje, he de decir que faltaban dos personas muy importantes para mí: Yukari-chan, que no vendría hasta la hora de la cena porque tenía trabajo todo el día, y Ryu, mi amigo nipón estudiante de intercambio en Salamanca (ya os he hablado de él en el mensaje sobre mi primera visita a Shinjuku).
     
    Una vez reunidos todos, que Ryu se retrasó un poquito y nos tocó hacer tiempo esperándolo, nos dirijimos a nuestro primer destino: Meiji-jingu, un santuario muy importante construido en memoria del Emperador Meiji y la Emperatriz Shoken (bajo el reinado de este emperador Japón se abrió al resto del mundo tras un largo período de aislamiento). El lugar en cuestión, además de ser enorme y precioso, estaba lleno de turistas, pero también de familias niponas que en el Día de la Cultura querían realizar sus peticiones a los kamisama (honorables dioses). Sara y yo no paramos de hacer fotos, aunque en muchos momentos valía más apagar la cámara y dejar que mis propios ojitos se empaparan de las maravillas que allí se podían contemplar. Me resulta muy difícil expresar con palabras la paz y la tranquilidad que sentí al estar en Meiji-jingu, así que lo único que puedo hacer es animaros a visitarlo. No es que yo sea muy religiosa precisamente, pero lugares como éste tienen una magia especial.
     
    Tras picar algo en unos puestos cercanos al santuario, cambiamos lo tradicional por lo moderno y nos acercamos a Ginza, zona céntrica de Tokio conocida por ser el lugar en el que se agrupan las tiendas más importantes y exclusivas de diseñadores como Gucci y cía. Eso sí, para que el cambio no fuera tan radical, pasamos primero por una zona cercana en la que había un teatro de Kabuki importante (Luxi, las fotos de los carteles son especialmente para ti, corazón). En Ginza dimos un largo paseo por una de las pocas zonas exclusivamente peatonal del centro de la ciudad, aunque sólo lo sea durante unas horas al día. Dicho sea de paso, Ginza estaba a reventar porque, además de ser festivo, Gucci había abierto su nueva tienda, un edificio enterito para su marca. La gente hacía una larga cola a la puerta sólo para poder entrar a echar un vistazo (estos japoneses siempre tan organizados...). Patrikent hubiera estado en su salsa, no os digo más...
     
    Y de vuelta a lo tradicional, cambiamos de registro y nos fuimos caminando, que estaba bien cerquita, al Palacio Imperial. Concretamente estuvimos en una zona de libre acceso llena de jardines. No os puedo contar mucho porque a esas horas de la tarde mi cabeza estaba un poco cansada de tanto trajín como para procesar información. Lo que si os puedo decir es que el sol comenzaba a ponerse y el efecto de la luz sobre el inmenso lago que rodea la zona era precioso. Además, al mirar a uno y otro lado,sobresalían altos edificios y los coches no paraban de circular... Todo un mundo de contrastes, muy acorde con la imagen general que me he podido hacer del País del Sol Naciente en los casi dos meses que llevo por aquí.
     
    Al caer la noche, tras varios trenes y metros (me vais a perdonar pero no hay quien los diferencie en Tokio), llegamos a Asakusa, un lugar turístico donde los haya, pues estaba de guiris a reventar (yo incluída jejejeje). Se trata de una zona muy popular entre los turistas por estar llena de tiendas de recuerdos y puestos de comida. Además, al final de la avenida, hay un templo muy popular en el que volvi a realizar, cual nipona, mis peticiones. Después de tiendear un poquito, hacerme una idea de los regalillos y recuerdillos que me tocará comprar antes de volver a la Madre Patria y picar algún que otro dulce en lo que curioseábamos, iba siendo hora de hacer un alto en el camino y relajarnos todos juntos, vamos, que iba siendo la hora de la cena.
     
    Para tan importante parte del día, mis amigos habían escogido un restaurante tradicional en una de las zonas más animadas del centro, Akihabara, famosa también por sus tiendas de eletrónica. No hay mucho que decir respecto a la cena, je je je: nos pusimos las botas a sashimi (preparado de una forma especial reservada para ocasiones importantes) y comí sushi por primera vez, delicioso, exquisito, por cierto. En ese momento, Yukari-chan ya se encontraba entre nosotros desde hacía un buen rato, así que mis amigos procedieron a entregarme sus respectivos regalos: Ryu eligió su libro favorito, en japonés, como no, y Yukari un espejito muy mono con forma de flor. Por parte del resto, a excepción de Sara, que ya me había dado sus regalos el víspera, dos pares de pendientes (unos aros rosas con brillantes y unas bolitas negras también con brillantes) y un amuleto tradicional (siento mucho no recordar el nombre y no poder explicaros cómo es, pero colgaré fotos de todo). Que no se me olvide, por supuesto, que mi grupete de Llanes (Ángel, Cova, Lux, Mara, Miguel y Núria) me dieron su regalo antes de venirme, una camiseta preciosa que podéis ver en la foto de Barajas.
     
    Parecía que el día llegaba a su fin, pero lo mejor estaba aún por llegar: ¡La tarta! Mis amigos no habían dejado escapar ni un solo detalle; por eso, pude soplar las velas como todo mortal, pedir mi deseo y echar unas lagrimillas de emoción... Casi no fui capaz de darles las gracias en japonés, así que aquello acabó convirtiéndose en un popurrí de nipón, inglés y español.
     
    Gracias por hacer el día a día más fácil, y sobre todo, por hacer que el día de mañana les pueda contar a mis nietos con una sonrisa de oreja a oreja cómo celebré mis 21 añitos en Tokio...
     
    11/3/2006

    Desgraciadamente, las desgracias nunca vienen solas

    He tardado tanto en escribir porque últimamente no es que haya estado muy sobrada de tiempo: la cantidad de deberes y trabajos para entregar va aumentando considerablemente. Además, alguna clase de espíritu nipón ha decidido que mi vida aquí a veces es demasiado aburrida y se ha propuesto "endulzarla" con una serie de catástrofes que han conseguido romper mi paz y mi armonía personales desde la semana pasada. Cómo si no tuviera yo suficiente con ir adaptándome poco a poco a todo esto...
     
    Para empezar, un "simpático" obake, personaje de la mitología japonesa, se debió de introducir en mi ordenador al bajar del avión el día que llegué y ha estado produciendo desde entonces una extraña serie de sucesos en el interior de mi PC que acabaron culminando en coma el domingo pasado, día en que mi querido Acer ni siquiera arrancaba... Y eso que últimamente iba de perlas y parecía haberse recuperado de su supuesta esquizofrenia, mira tú qué cosas. El caso es que la garantía internacional no me cubre la reparación por avatares que no me voy a poner a explicaros ahora, así que me toca llevarlo a alguna tienda a que me lo miren y me digan por cuánto me va a salir la bromita. Para colmo de males, el día anterior la suerte decidió que Karla tenía que romper un trocito de la ventana de su habitación accidentalmente, caro error que, según el presupuesto que me dio el cristalero el lunes, me va a costar 23,000 yenes (unos 156 eurazos). De lo malo, a mí no me pasó nada, pues si me hubieran tenido que llevar al médico, además del susto, hubiera tenido que sumar a mi lista de gastos extra de este mes las facturas del médico, farmacia...
     
    Si se mira desde la perspectiva positiva, esto le puede pasar a cualquiera en cualquier lugar. No obstante, aquí todo es nuevo y diferente, y todavía no me adaptado del todo, razón por la cual, estos días lo he pasado bastante mal pensando en todo lo que se me viene encima (gastos, cumpleaños y otras celebraciones sin mi gente...). Aquí las emociones se vuelven enormes y cualquier pequeñez de la vida diaria se transforma en un drama por estar lejos de casa y de aquellos a los que quieres y recuerdas a todas horas....
     
    Ahora que parece que todo vuelve a su cauce, mejor no recordar las cosas malas que han pasado estos dias: es mejor, pues, quedarse con las buenas, que no han sido muchas, pero al menos han conseguido alegrar los malos momentos vividos.
     
    Antes de que se derrumbara mi mundillo, el jueves de la semana pasada concretamente, tuve ocasión de ir a Shibuya por primera vez, una de las zonas más céntricas y turísticas de Tokio. Una vez más, pude contemplar edificios llenos de letreros luminosos de gran tamaño y alegres colores, gente de todas las nacionalidades y estilos cruzando cual marabunta largos pasos de cebra, entremezclándose por calles en las que las tiendas más modernas conviven en perfecta armonía con los lugares más tradicionales y con encanto de la cultura nipona. Nunca seré capaz de describiros con exactitud la grandeza de lo que veo, ni lo que siento al verlo... Por eso, os remito a las pocas fotos que hice ese día. No obstante, os digo lo mismo de siempre: es la primera vez que he ido a Shibuya, pero no la última...
     
    El resto del tiempo, salvando los infortunios, no hay nada importante sobre lo que hablar. Hoy empieza una nueva etapa, es todo lo que os puedo decir por el momento...