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    12/17/2006

    Limpiando la resi todos juntos en amor y compañía

    Es tradición nipona hacer una limpieza general de la casa al final del año, pues se supone que tirando aquello que ya no sirve y limpiando la suciedad se pone punto y aparte a los pasados 12 meses y se puede comenzar "de nuevo". Mi residencia no iba a quedarse atrás en esto de las tradiciones, así que esta mañana nos hemos reunido todos a las 9 para comenzar con el ritual del Oosouji. Por suerte, a mi grupo sólo nos ha tocado encargarnos de unas mesas. Después, como nos sobraba tiempo, nos han mandado ayudar a unos chicos que estaban recogiendo hojas secas esparcidas por el suelo. Básicamente me he dedicado a sujetar una bolsa de plástico y de cuando en cuando, con la ayuda de un guante, a meter las que se habían caído de la bolsa.
     
    A eso de las 11 hemos acabado, nos han dado nuestro merecido bento (comida para llevar) y un brik de té frío y... ¡Hasta el año que viene, majos! Si tienen que esperar por mí para que vuelva a limpiar en diciembre del 2007 como que lo llevan claro, pobrecillos. Suerte que podrán contar con la colaboración, forzada, que esto es obligatorio para todos los residentes (han pasado lista), del estudiante de intercambio que venga a sustituirme a mí en septiembre.
     
    Después de comer con un grupillo de amigas de la resi me he venido a la habitación a currar un poquito en el espacio, de ahí que a partir de hoy esté actualizado, haya varios mensajes y se puedan ver un montón de fotos nuevas. Se puede decir que entre ayer y hoy he tenido una sesión intensiva de blog, así que ahora no me apetece mucho seguir escribiendo. La verdad, es una pena, porque me vienen a la cabeza un montón de cosas súper interesantes de las que hablar. En fin, lo dejaré para otro día... Para las vacaciones, que se presentan bastante interesantes. Hasta el próximo mensaje pues.

    España es mucho más que flamenco y paella... Yo me estoy encargando de "culturizar" a los nipones

    Con el cuerpo agotado después del baile del día anterior y alguna que otra hora de sueño perdida, el viernes me levanté a las 6 y media de la mañana para cumplir con un compromiso que tenía apalabrado desde hacía ya tiempo: ir a un instituto de la zona de Tokio a asistir a la profesora de español durante una de sus clases. Tal oportunidad me había sido propuesta por el profesor de español Uritani, al que en su día me presentara Noriko en Salamanca, cuando yo no siquiera sabía que iba a dar a parar con mis huesos en su universidad unos meses después. El caso es que asisto a una de sus clases para echar una mano a los estudiantes con el español y aprender yo también de ellos en los momentos en los que se usa el japonés en ese seminario, que son muchos también.
     
    A eso de las 7 y media de la mañana cogí un tren que me dejó tan solo 10 minutos después en la Estación de Hachioji, lugar donde había quedado con Yukari, que se había ofrecido a ir conmigo para que yo no fuera sola. Nuestro destino era Fuchinobe, por lo que necesitábamos cambiar de línea. Nos subimos en un tren lleno hasta la bandera, que en ese momento del día es "hora punta" nipona, pero a mí no me empujó ninguno de esos famosos "empujadores", que conste que todavía no he visto uno en lo que llevo aquí. A la media hora estábamos en la Estación de Fuchinobe, donde un profesor de la Universidad de Takushoku nos estaba esperando para acompañarnos en taxi hasta el instituto al que teníamos que ir.
     
    Nada más llegar, la primera de mis sorpresas: dentro del edificio no se pueden llevar zapatos, asi que en el vestíbulo hay taquillas en las que guardarlos. A cambio te ofrecen unas zapatillitas muy cucas, en mi caso de color azul. Enseguida daba comienzo la clase en la que yo tenía que participar, así que tras una breve visita a la clase anterior de la misma profesora, fuimos a la siguiente.
     
    Los ojos de los alumnos como platos, completamente callados y prestando atención a todas y cada una de las cosas que allí se decían, intentando hacer preguntas en español, aunque es el primer año que lo estudian y les cuesta todavía un poquito. No obstante, la experiencia fue más que interesante por ambas partes: para mí supuso entrar en contacto con un aspecto de la vida nipona a la que un turista "normal" jamás podrá tener acceso; para los alumnos significó aprender algunas cosas nuevas de uno de los países en los que se habla un idioma que están aprendiendo, siempre importante, sobre todo cuando se empieza. Además, si tenemos en cuenta que lo poco que conocen se reduce al sur de España - los clásicos estereotipos que nuestro país lleva años fomentando turísticamente hablando- entrar en contacto con lugares como Asturias y Salamanca les resultó más que emocionante. De hecho, me han pedido que vuelva en otra ocasión parar seguir contándoles más cosas de otros lugares de España, o de la música que se escucha allí, por citar algún ejemplo. Yo, por supuestísimo, quiero volver, pues no hay cosa que más me agrade que mostrar a los japoneses que España es grande y está llena de lugares bonitos, con costumbres que nada tienen que ver con el flamenco y comida cuyo sabor para no se asemeja al de la paella ni de lejos.
     
    En febrero vamos a ir un grupo de estudiantes de intercambio de varios países a una escuela primaria de nuestra ciudad para pasar toda la mañana con los niños y enseñarles cosas sobre lo que se come en nuestros países o a qué juegan los niños cuando tienen tiempo libre. Me va a tocar hacer memoria de aquellos tiempos en los que yo era una renacuaja... Con lo que me gustan a mí los niños

    Después de todo el baile no fue tan patata... ¡Vaya fiesta!

    Qué bueno es tener tiempo para quedarse en casita sin prácticamente ninguna obligación y disfrutar así del tiempo libre como a uno le plazca. Después de un par de semanas de no parar, de agobios y ajetreo, por fin he podido pasar el sábado y el domingo sin grandes sobresaltos, tranquilita y calentita en la habita de mi resi, que el tiempo ha enfriado mucho y cada vez da más pereza salir fuera del campus, salvo que sea algo verdaderamente necesario.
     
    Esta semana que está a puntito de acabarse dentro de unas horas ha estado marcada, una vez más, por la escasez de tiempo: ensayos del baile hasta que mi cuerpo decía basta, preparativos para la fiesta, acabar los deberes que no me había dado tiempo de finalizar en las horas muertas sin clase en la biblio, pegándome incluso el lunes y el martes un par de madrugones considerables... Total, que llegaba todos los días a la habitación como muy temprano a las 8 y media de la tarde sin muchas ganas de jaleo, sólo de echar un vistazo rápido al ordenador para ver si el mundo había cambiado mucho, ver algún capítulo de Prison Break y a la camita cuanto antes.
     
    El jueves 14 fue el tan ansiado y esperado día para mi baile, la fiesta de Navidad de la resi. En cuanto acabé la uni a las 4 y media de la tarde, me vine corriendo a la habitación, azoté la mochila de cualquier modo y encendí el ordenador para poner un poquito de música que me diera ese puntito de energía que me hacía falta después de haber tenido unas cinco horas de clase de japonés, una de ellas con presentación oral incluida. Después, ejecución del ritual que precede a toda fiesta, sarao o evento al que he decidido asistir: una buena ducha, secarse el pelo, ponerse unos cuantos trapitos monos con sus correspondientes accesorios y "pintarrajearse" un poquito para tapar esas imperfecciones con las que la madre naturaleza ha decidido castigarme.
     
    Tras una hora y media de preparación, con los nervios a flor de piel y el estómago pidiéndome comida a gritos, bajé a la sala de la resi en la que sería la fiesta, en la que ya estaba todo prácticamente preparado para las 7, hora de inicio prevista. Para la mejor de mis suertes, mis amigos andaban por allí para tranquilizarme y animarme un poquito.
     
    A eso de las 7 menos cuarto fuimos colocándonos todos alrededor de las mesas llenas de comida y bebida, a la espera de que Song y Sara, que se habían ofrecido como presentadores, cual ceremonia de los Oscar, dijeran unas palabrejas de bienvenida para que los profes y peces gordos allí presentes dieran el visto bueno y todo el mundo pudiera empezar a comer, beber y pasárselo bien. Yo, como siempre, me dediqué a hacer el gamba con unos y con otros, entrañables momentos recogidos en muchas de las fotos que he colgado esta mañana en la página y que podéis ver en la correspondiente carpeta (también he creado algunos álbumes más y añadido fotos nuevas al de la excursión de Yamanashi-ken).
     
    Todo estaba perfectamente programado y planeado, así que lo próximo que tocaba era oír cantar a una chica tailandesa de la resi, interesante experiencia si tenemos en cuenta que todavía no me ha dado por estudiar tailandés, así que no entendí absolutamente nada de lo que decía la canción. En cualquier caso, la música no sabe de barreras lingüísticas, así que disfruté como una enana bailando un poquillo. De hecho, tengo un pequeño vídeo en el que se puede ver cómo unas cuantas personas más se animaron a seguirme y hacer así que la chica que cantaba no estuviera "tan sola" en ese momento. Después, la siguiente actuación, a la que María y yo, pero sobre todo María, le habíamos estado dedicando tantas horas estas últimas semanas: nuestro particular Fashion Show, o como decimos en España, desfile. Para empezar, el vídeo de presentación curradísimo de María, en el que se podían ver fotos de unas cuantas personas de la resi, sobre todo de los participantes (algunas de ellas están en la carpeta "diciembre 2006"). A continuación, los "modelos", 6 chicas y 2 chicos, fuimos desfilando individualmente, cada uno con un estilo completamente diferente según nuestra personalidad y gustos, para finalmente salir todos juntos y dedicar nuestras mejores poses y saludos al público que con tanta emoción nos había estado apoyando. Amenizando el evento una versión que me encanta de la canción Starry eyed surprised, la del grupo Crazytown, y los comentarios de Lei, siempre tan ocurrente ella.
     
    Descargada una gran parte de mi adrenalina con el desfile, lo siguiente era entregarse por completo y mostrarle a todo el mundo si las horas de ensayo y los agobios de las últimas semanas habían servido para algo. Parecer ser que sí, que mi baile no resultó ser tan patata y gustó mucho a todo el mundo, pues son varias las personas que lo grabaron y/o hicieron fotos. También recibí muchas felicitaciones. No me parezco a Britney en absolutamente nada, pero al menos conseguí pasármelo bien durante un ratillo y hacer que la gente que había venido a la fiesta también disfrutara.
     
    Con el cuerpo un poco cansado de andar rodando por el suelo y los colores de haber bailado con tanta pasión, lo más acertado fue sentarse un ratillo a beber algo y a descansar un poquito, no sin antes sacar alguna que otra foto. Además, la siguiente actividad programada era jugar al bingo, así que perfecto... ¡Encima gané! De los diversos premios que había para elegir, entre los que quedaban cuando yo saqué mi línea, que eran más bien pocos, escogí una toalla de Chip y Chop que, mira tú qué cosas, yo misma había propuesto como posible regalo cuando fuimos el sábado anterior a comprar las cosas necesarias para la fiesta.
     
    Ya por último, para poner el broche de oro a dos horas tan estupendas, Sara se marcó un bailecillo típico de Egipto muy semejante a la Danza del vientre. No obstante, la juerga no había acabado... ¡Ni mucho menos! Después de recoger un poquillo todos juntos en amor y compañía y de sacar otra tanda de fotos de las más variadas formas y poses, un grupillo de unas 10 personas decidimos salir fuera a tomarnos unas cervecillas y volver antes de las 12.
     
    La verdad es que estuvo muy bien. Ahora habrá que esperar a abril, que creo que es la siguiente fiesta, la de bienvenida, ya que entonces empieza el curso 2007. Me pregunto qué canción escogeré para mi próximo baile...
     
     
    12/10/2006

    Y no dormí en la calle de **** milagro

    Ya ha pasado una semana desde la última vez que escribí, y es que últimamente no paro quieta: en la uni, con eso de que se acercan las vacaciones de Navidad (llamadas en Nipolandia de invierno) y llega el final del curso 2006, ya que aquí el calendario es diferente, no paran de mandarme trabajos, presentaciones orales... Además, el día 14 de este mes es la fiesta de Navidad de mi residencia y he decidido preparar un baile para animar un poco el cotarro, y eso, como comprenderéis, implica sacar tiempo para ensayar.
     
    Puestas las excusas por las cuales cada vez voy teniendo el blog más abandonado (todavía no he puesto las fotos del viaje a Hakone y, en menos de lo que canta un gallo, hace un mes que fui), me gustaría contaros lo que hice el sábado de la semana pasada, ya que fue un día bastante interesante que por poco se convierte en mi primera noche durmiendo bajo un puente nipón, toda una aventura para no repetir y de la que aprender muuuchas cosas para evitar en el futuro incidentes parecidos. Vamos allá...
     
    El sábado por la mañana me fui en tren hasta Ueno, una de las zonas más céntricas de Tokio. En la estación me estaba esperando Hiro, el chico japonés que conocí en la fiesta de la Embajada y del que ya os he hablado en alguna otra ocasión. El plan era comprar algunas cosas para comer luego en su casa, que vive cerca de allí. En cuanto al lugar, deciros que es un sitio que me ha causado una impresión estupenda y estoy deseando poder volver para investigar en profundidad y sacar un montón de fotos: hay calles súper largas llenas de tiendas de las más variopintas clases, aunque las que más abundan son las pescaderías (en una de ellas compramos sepia, plato principal de nuestra comida).
     
    Después de hacer las pertinentes compras, cogimos un tren para ir a casa de Hiro. En lo que él cocinaba yo aproveché para ver una peli en su dvd, Love Actually, que me gustó mucho y, por cierto, os recomiendo que veais cuando tengais tiempo. Además de tener algunos puntos bastante graciosos, pese a ser bastante pastelada, tiene una banda sonora muy buena, que le pedí a Hiro que me la grabara y todo (últimamente es el cd que más escucho cuando tengo un ratito para sentarme tranquila al ordenador).
     
    Entre que acabamos de ver juntos la peli, comimos y recogimos la mesa, se nos hizo de noche, y eso que sólo eran las 5 de la tarde. Como habíamos quedado a eso de las 7 para ir a cenar comida española a casa de Paco, un salmantino al que conocí en la Embajada, decidimos acercarnos con antelación a Kawasaki (sí, como las motos), donde sería la cena, y dar una vuelta por un gran centro comercial que han abierto hace poco. También echamos una partidilla al House of the Death en una de las tantas enormes salas de juegos que pueblan Japón.
     
    La cena, además de estar deliciosa (jamoncito serrano, embutidos ibéricos, tortilla, vino...), estuvo muy animada, ya que éramos unas diez personas, japoneses en su mayoría, hablando a ratos en español, a ratos en japonés. Hasta aquí, como se puede deducir por lo que escribo, el día se había desarrollado sin grandes complicaciones. Los problemas vinieron a la hora de volver, ya que Kawasaki está bastante lejos de la zona en la que vivo, tenía que coger varios trenes y calculamos mal los horarios para que yo pudiera volver antes de las 12 de la noche, hora a la que mi residencia, que yo he bautizado como "cárcel", cierra sus puertas hasta las 6 de la mañana del día siguiente. Resultado: llegué a las 12 menos cuarto a Takao y tuve que irme corriendo como una loca hasta la parada de taxis, que si llego a venir a pata o en bici hasta casa no hubiera llegado a tiempo ni por obra divina (en taxi llegué a la puerta del Campus a eso de las 12 menos diez, casi menos cinco, así que me pegué otra carrerita hasta la puerta de la resi... ¡Menudo cuadro!). Después de todo no me salió tan mal la cosa, lo único que para volver a tiempo tuve que irme en una línea que es más cara que la que utilizo normalmente, así que mi bolsillo se resintió un poquillo ese fin de semana. Además, me tocó dejar la bici, que había utilizado por la mañana para ir a la estación, aparcada por allí hasta el día siguiente por la tarde, que salí de casa para ir a buscarla y de paso comprar unas cosillas en el súper. No obstante, no todo fueron disgustos, carreras y nervios para volver a casa: al hacer trasbordo en Tachikawa me tuve que ir corriendo de una parte de las vías a la otra, bajando las escaleras como alma que lleva el diablo, y entrar en el tren a toda leche. El caso es que en la puerta por la que me tocó entrar había un grupo de japoneses que debían ir algo contentillos, ya que al entrar corriendo en el tren me empezaron a silbar y a gritar algo parecido a un "guau" (no iba en minifalda ni llevaba un gran escote, por si alguno lo estais pensando. Vale, iba mona con mis pantalones cortitos de pana, mis botas blancas y mi gorro blanco pijillo entre otras cosas, pero tampoco era para recibir tal ovación, creo yo. Me dio algo de vergüenza, la verdad, que todo la gente de mi vagón se puso a mirarme.)
     
    Salvando el incidente que casi me lleva a la indigencia durante una noche, mi vida últimamente no se caracteriza por grandes sobresaltos. Lo único el lunes, que al salir de la primera hora de clase, de camino a la biblioteca, casi me caigo bajando por las escaleras de la Facultad. Todavía no sé cómo, pero di un salto de cuatro o cinco escalones sin un solo rasguño en mi cuerpo, al más puro estilo del Ballet o la Gimnasia Rítmica (Sara y un chico de Bangladés de nuestra clase que iban conmigo se quedaron a cuadros). Por lo demás, lo único que hago últimamente es preparar presentaciones orales para mis clases de japonés y ensayar algunos días, cuando tengo tiempo básicamente, mi baile para la fiesta de Navidad de la resi, Toxic de Britney Spears. Ya os contaré la próxima vez que escriba, quizás el año que viene si sigo con este ritmo de vida, qué tal fue.
     
    Ah, se me olvidaba una cosilla muy importante: ya tengo mi ordenador, mi bebé, en casita. Me lo han dejado como nuevo, o por lo menos eso es lo que parece (más les vale a los de Acer, que con lo que he pagado me tendrían que besar los pies y todo). Ahora os estoy escribiendo desde él, y poco a poco le iré instalando más programas, que me lo han devuelto como si lo acabara de comprar, y metiendo mis fotos, música etc. Entretanto sigo usando también el ordenador en chino de mi amiga Lei.
    12/3/2006

    Una accidentada excursión a Hakone, el segundo Disneyland de Japón

    Últimamente tengo el blog un poquito abandonado y siempre acabo escribiendo hasta altas horas de la madrugada. Si esto es así es porque desde la semana pasada no paro de tener presentaciones orales para mis clases de japonés, así que, cuando llego a la resi por la tarde lo que menos me apetece es ponerme a currar en la página. A esas horas prefiero hablar con mi gente de España, a la que echo tanto de menos como el primer día, más si cabe. Además de todos estos "fregaos" académicos, que llenan mi apretada agenda hasta las vacaciones de Navidad, hay que contar con las excursiones que he hecho y otros planes que me han ido saliendo. De todo ello es de lo que os quiero hablar en este mensaje.
     
    En primer lugar, me gustaría contaros cómo fue mi "accidentada" excursión a Hakone. El sábado de la semana pasada, día 25 de noviembre, me levanté con todo el dolor de mi sentido corazón y cansado cuerpo a las cinco de la mañana para coger un tren a eso de las 6 y media que me dejara en Shinjuku antes de las 8 de la mañana, hora a la que debía reunirme allí con el profesor Ishikawa y el resto del grupo, unas 10 personas, con las que pasaría mis horas hasta el domingo. Para realizar tan largo recorrido no me encontraba sola: Sara, mi compi egipcia, y Gintin, un estudiante de intercambio de Indonesia que también vive en la residencia, eran mis compañeros en otra de mis aventuras en el país del Sol Naciente.
     
    Contra todo pronóstico, llegamos mucho antes que el resto de la gente a Shinjuku y no nos convertimos en maigo (niño perdido), palabra que se había convertido entre risas y cachondeo en el leitmotiv de la semana anterior, ya que la estación de Shinjuku es enorme y es muy fácil perderse si uno no la conoce muy bien (hasta los japoneses se confunden en su interior). Por suerte, Ishikawa-sensei nos había explicado el camino el miércoles en nuestra clase particular de conversación, aunque el único de nosotros que verdaderamente era capaz de llegar sin problemas era Gintin, en el que pusimos toda nuestra confianza. En realidad, ni me molesté en escuchar con atención las explicaciones de nuestro profe, pues mi pésimo sentido de la orientación y mi pobre japonés de Parla, que poco a poco se va convirtiendo en japonés de Madrid capital, me impedían estar a la altura en tales circunstancias.
     
    Tras reunirnos con Ishikawa y hacer bromas sobre los titulares que no aparecerían en los periódicos nipones del día siguiente ("estudiante española de intercambio aparece muerta tras ser devorada por las ratas del metro de Tokio", o "estudiante española de intercambio aparece sana y salva tras pasar una semana perdida en el metro de Tokio alimentándose gracias a la caridad de una familia adoptiva de ratas"), nos fuimos todos juntos a coger el tren que nos dejaría en Hakone Yumoto, primera parada de nuestro viaje. En el tren todo fue diversión y entretenimiento: fotos haciendo el pavo, la señora del carrito, el Monte Fuji que se resistía a ser retratado en condiciones... Casi dos horas después, entre que salimos de la Estación, llena hasta la bandera, compramos lo que sería nuestra comida y echamos un ratillo en un bus más que petao (yo tuve la suerte de ir sentada pero parecía una sardinilla en lata), hicimos una paradita para ir al baño y sacar algunas fotos. Desde un punto de Hakone de cuyo nombre no me acuerdo comenzamos nuestra sesión de senderismo por la que durante muchos años fue la única "carretera" desde Edo (antiguo nombre de Tokio) hasta Kioto, la Hakonekyuukaidou. Durante la horita y pico que nos tiramos caminando hubo tiempo para resbalones, fotos, risas y alguna que otra paradita para recobrar fuerzas.
     
    Acabada la caminata, llegamos hasta el Lago Ashinoko, lugar desde el que se podía ver perfectamente el Monte Fuji, hacía un tiempo precioso; de ahí la inmensa cantidad de fotos de mi querido Fuji-san cubierto de nieve. Sin embargo, aquí no se acababa el caminar, no señor, todavía había que subir unas enormes escaleras de piedra, bien en cuesta para bajar culito, hasta llegar al parque en el que comeríamos nuestro o-bento (comida especialmente preparada para llevar), pagado a precio de oro en la Estación de Hakone Yumoto. Para nuestra sorpresa y asombro, había un 7 Eleven bien cerquita del Lago, donde podríamos haber comprado nuestra comida a un precio bastante más económico. A más de uno se le occidentalizaron los ojos ante tal hallazgo, sobre todo a mi profesor.
     
    Una vez recuperadas las fuerzas tras la comida y sacadas las pertinentes fotos con el Fuji desde diferentes ángulos, emprendimos nuestro camino de nuevo para volver a la zona del Lago y visitar el Museo de Hakone dedicado al que antaño fuera el Puesto de Control de Hakone, el Hakone Sekisho-ato, lugar en el que todo viajero había de parar para ser inspeccionado durante la era en que Japón fue gobernado por alguno de los muchos Shogun (una especie de dictador militar) y Daimyous (señores feudales). Después de culturizarme un poquito más sobre una de las épocas de la Historia nipona que más me interesa, teníamos que coger un barco que nos llevara a la otra punta del Lago, lugar desde donde pillar un bus, que la cosa en esta excursión va de caminatas y transportes... Ya lo entenderéis más adelante. El viajecito en barco tuvo también su punto: a pesar de enfríar el tiempo considerablemente y comenzar a hacerse de noche poco a poco, yo me dediqué a hacer el chorras y unas cuantas fotos cuanto menos divertidas por la parte de la cubierta en la que nos encontrábamos. También nos echamos unas risas cuando comprobamos que cuatro personas de nuestro grupo se bajaron en la parada equivocada y tuvimos que llamarlos a voces para que subieron corriendo antes de volver a zarpar... ¡Ver para creer!
     
    Sobre el viaje en bus todo lo que os puedo decir es que me eché un sueñecillo en el hombro izquierdo de Sara que, a pesar de venirme bastante bien si tenemos en cuenta la hora a la que me había levantado y los kilómetros que llevaba a mis espaldas, me costó un dolorcillo de cuello bastante considerable que añadir al de mi garganta, que desde la noche anterior se había propuesto hacerme la puñeta y poner la nota "accidentada" a la excursión. Al bajar del bus, los bostezos se vieron cortados por dos hechos de diferente índole que convivían en perfecta armonía: un frío impresionante que consigió despertarme del todo en cuestión de segundos acompañado de una preciosa vista de la noche cayendo sobre el Ashinoko.
     
    Carrerita para entrar en calor hasta la estación del teleférico, sensación de vértigo al ver la de metros que separaban nuestros pies de tierra firme una vez dentro del "vehículo"; montañas y más montañas envueltas en la oscuridad de la noche, mezclada con el vapor proveniente de los numerosos onsen de la zona (aguas termales), son las mejores frases que puedo escribir para resumir el que fuera mi primer viaje en mucho tiempo en uno de estos aparatos. Una media hora después, a subirse en funicular, último transporte del día, para caminar posteriormente durante un cuarto de hora más o menos hasta el "hotelito" de la Universidad de Takushoku en Hakone.
     
    Por fin en tierra firme, bajo techo seguro y sin zapatos, que hubo que quitarse a la entrada en favor de unas zapatillitas marrones, comenzó el reparto de habitaciones. Al igual que en la excursión anterior, tocaba dormir de nuevo al estilo tradicional, en el suelo con futon. Menos mal que en este caso las habitaciones era mucho más amplias y calentitas que en el viaje a Yamanashi-ken, si bien esto no impidió que mi dolor de garganta se transformara al día siguiente en un catarrazo que consigió aguarme la fiesta.
     
    A las 6 y media de la tarde, suculenta cena, seguida a eso de las 8 y media de karaoke y algo más de comida que picar para acompañar a una siempre deliciosa cervecita japonesa, as usual. En este punto del día, por alguna extraña razón que aún no alcanzo a comprender, todo el mundo con los ojos como platos al comprobar que yo, una chica, bebo más cerveza que cualquier chico nipón sin ponerme tan colorada como ellos ni empezar a hacer y decir cosas extrañas... ¡Qué pensamiento tan "curioso" el nipón respecto a la tolerancia al alcohol de las mujeres! Además, uno de los chicos de la excursión parece que se tomó a pecho lo de beber tanto como yo y acabó "ligeramente" perjudicado, por lo que, a partir del día siguiente y durante el resto de la semana pasada, conseguí ganarme los jocosos comentarios de "ijime" (palabra japonesa que denomina al famoso bullying o acoso escolar, todo un problema en este país, ya que últimamente se está debatiendo muchísimo sobre este "fenómeno" por ser una de las principales causas de suicidio entre los alumnos de primaria y secundaria. No obstante, que quede claro que no se frivoliza con el tema, ya que es una palabra de uso común que hace referencia a otros tipos de "hostigamiento", uno de los equivalentes que da mi diccionario) y "nomaseta", forma verbal nipona que quiere decir que "obligué a beber" al chaval en cuestión. Yo, al igual que los que me lo dicen, entre ellos Ishikawa-sensei, me río con estos comentarios y añado además que yo no incité a nadie a hacer nada, que a él bien que le gustaba la cerveza. Otra cosa es que no supiera controlarse y saber dónde están sus límites, que yo al día siguiente, salvando el catarrazo, estaba como una rosa.
     
    A eso de las 12 de la noche, finalizada nuestra fiestecilla, me di un baño a lo nipón. No sé si recordaréis que en mi último mensaje comentaba mi problemilla con lo de compartir mi momento-baño con otras chicas. El caso es que esta vez, aunque yo estaba bien decidida a superar mis complejos poco a poco, me bañé solita, ya que la gente andaba por ahí desperdigada en el momento en el que a mí sí que me apetecía darme ese tan ansiado baño después de un día agotador. Acto seguido, a la camita a soñar con los angelitos, aunque más bien debí acabar en el infierno, porque no paré de toser en toda la noche y de sonarme los mocos, con perdón por ser tan gráfica.
     
    A la mañana siguiente, a eso de las 7 y media, tocaba despertarse para acicalarse un poquito, recoger la habitación y hacer el equipaje, que a las 8 se desayunaba. Aquí empezó mi calvario particular, pues me costó un triunfo levantarme después de haber pasado tan mala noche. Además, empezaba a sentirme como si tuviera unas décimas de fiebre y apenas me entraba nada en el estómago, así que desayuné deprisa y corriendo, y me acosté un ratillo hasta la hora de irnos. Al despertarme de nuevo, parecía que me encontraba bastante mejor y que los medicamentos que estaba tomando me habían hecho efecto, así que seguí al resto del grupo hasta la estación más cercana, donde nos esperaba un tren para ir al Museo de Arte al aire libre de Hakone. Allí nos pasamos un par de horitas curioseando por uno y otro lado, observando las más variopintas obras de artistas de varios países, entre los que se encontraba España, representada pricipalmente por dos grandes: Miró y Picasso. Es curioso que sea en Japón donde vea obras de estos dos artistas españoles por primera vez, ¿verdad? También pude "saborear" una de las mejores sensaciones de toda la excursión: sumergir mis pies durante un rato largo en un ashionsen, aguas termales exclusivamente para los pies.
     
    Al salir del Museo, visita que, se me ha olvidado mencionar, fue ligeramente estropeada por una más que inoportuna y brevísima lluvia, comencé a encontrarme bastante mal, como si me estuviera subiendo la fiebre a 38ºC. Después de subir en el funicular y en el teleférico decidí que mi cuerpo se merecía un descanso, así que, tras seguir los consejos del resto del grupo, me di media vuelta acompañada por un chico y una chica que tenían que marcharse antes. Los tres íbamos a sitios diferentes, pero al menos el chico y yo compartíamos bastante camino, así que no me sentí nada sola. Además, como nos esperaban unas horillas de tren y yo estaba muy cansada, conseguí dormir bastante. Cuando quiso llegar la hora de separarnos yo ya estaba muchísimo mejor. Al llegar a Takao, cena rapidita en el Mc Donalds, que no estaba yo como para interpretar el papel de cocinillas, y de vuelta a la residencia a toda pastilla.
     
    Al día siguiente, ya lunes y por lo tanto comienzo de esta semana que está a puntito de acabarse, decidí que lo mejor era quedarme en casa y recuperarme cuanto antes, más que nada porque el miércoles y el jueves tenía sendas presentaciones orales a las que no podía ni quería faltar. Por cierto, fueron muy bien. El lunes me lo pasé bien calentita en casa bebiendo té y una especie de Cola-Cao, no tan sabroso como el original me temo, y drogándome gracias a mis "camellos" particulares, que me surtieron de medicinas y otros regalitos para hacer más dulce mi convalecencia. Además, me tiré todo el día de maratón viendo Prison Break... Aiss, estoy enamorada de Wentworth Miller, el actor que interpreta a Michael Scofield, el guapísimo prota: "no hay mal que por bien no venga". El resto de la semana me la he pasado moqueando (una vez más, perdón por ser tan explícita), pero yendo a clase y sin parar de hacer cosas, ahí como una campeona cumpliendo con mis obligaciones, pero también echando risas con los amigotes en los ratos libres.
     
    A pesar de lo "accidentada" que fue la excursión a Hakone, he de decir que me lo pasé estupendamente, como si hubiera ido a Disneyland, vamos. Por lo que me han contado, no me perdí gran cosa por tener que volverme antes, ya que lo más interesante del programa estaba previsto para el sábado y las primeras horas del domingo. Prontito os pondré las fotos para que podais ver con vuestros ojitos lo que dio de sí el finde. Ahora va siendo hora de acostarse, que son casi las 5 y media de la mañana y, aunque el domingo es para dormir hasta hartarse y vaguear un poquito, tengo obligaciones que cumplir, que el sábado me lo he pasado por ahí de parranda. En otro rato os cuento mi última aventura; ahora sólo un pequeño adelanto: casi me quedo esta noche a dormir debajo de algún puente nipón porque he llegado a la resi cinco minutos antes de que se cerrara la puerta y no se pudiera ni entrar ni salir de 12 de la noche a 6 de la mañana, casi nada.. Sayounara, baby!